Primer título: 
Manuscrito de Santa Teresa
Segundo titulo: 

CARTAS

Santa Teresa inició su labor de escritora en plena madurez. Todos sus libros datan de los dos últimos decenios de vida. El primero de ellos, su autobiografía, está escrito en 1565, cuando la Autora ha cumplido los 50 años. De fecha anterior nos dejó sólo tres composiciones breves, las tres Relaciones primeras, escritas entre los 45 y 50 de edad. También las Cartas de la Santa son de data tardía. Salvo una, escrita a su hermano Lorenzo en 1561, y un par de billetes más, el carteo que de ella nos ha legado es posterior a sus 53 años. Ocupa los tres últimos lustros de su vida, consumada a los 67 de edad.

El retraso no es casual. Se debe a hechos fuertes, que sólo entonces pusieron en marcha su vocación de escritora. El acontecimiento determinante para el brote de su magisterio y la composición de sus obras mayores, fue su entrada en la experiencia de Dios. Como en el caso de los profetas bíblicos, no se trató de un hecho aislado sino de un entramado de acontecimientos en cadena. Ellos la introdujeron en una existencia nueva. Y la obligaron desde dentro a hablar de Dios, de su experiencia profunda y de una nueva visión de la vida, de las cosas y del alma humana. Presionada por la fuerza de esa nueva densidad interior, intenta escribir. Resultan fallidos sus primeros tanteos literarios: es demasiado delicado y friable lo que quisiera decir. Pero no tarda en liberar la pluma; y comienza a redactar con fluidez y sin trabas. Primero, para testificar en grande su caso personal: el Libro de su Vida. Luego, para trasmitir sus consignas de pedagogía espiritual: el Camino de Perfección. Por fin, para formular su gran síntesis del misterio de la vida cristiana: el Castillo Interior.
Por las mismas fechas en que escribe este último libro místico, llega al apogeo su epistolario: años 1576-1578. Pero el carteo teresiano, con cuanto tiene de fenómeno singular en la historia de la literatura y de la espiritualidad, fue determinado por resortes diversos. No se trata en él de una expansión mística, ni del resultado de una interior fuerza profética. Ni siquiera del desbordamiento de su riqueza y densidad interiores.
Ante todo, ella escribe para comunicarse. Humanamente, posee alma abierta. Amiga de soledad, dirá ella. Pero no menos necesitada de vasos comunicantes a nivel humano. Es intuitiva, dinámica, dotada de fino sentido práctico; pero sin autosuficiencia. Para vivir y actuar, necesita el refrendo ajeno. Amistades y asesorías. Hermanas religiosas y teólogos letrados. Personas en comunión con sus ideales y sus empresas. Nace así el primer brote epistolar, como simple prolongación de la comunicación oral cotidiana, en familia, amistades, vida religiosa…
Rápidamente, el cuadro se adensa y se dilata. La vida misma introduce a la Madre Teresa en una plataforma de acción compleja y cargada de responsabilidades. Con ella en medio, desempeñando un caudillaje femenino poco corriente en aquella hora de la historia y en el marco de aquella su «cristiandad». Para fundar, viajar, comprar y vender, discutir de jurisdicciones y reformas, seleccionar vocaciones, prioras y letrados, allegar dineros, negociar en la corte de Madrid, tramitar licencias en Roma, arreglar casorios y herencias, dar consejos de oración, celebrar la llegada de novedades americanas como las patatas, el anime o la tacamaca (ella escribe «catamaca»), y cien mil cosas más, tendrá que empuñar la pluma y entablar el diálogo. Surge así una red de comunicaciones humanas que cruzan la geografía castellana, atraviesan los más variados estratos de aquella sociedad y tienen en ella —en el alma de la Santa— una especie de nudo de comunicaciones. Llega a adquirir conciencia o contraer el complejo de escritora de cartas. Un buen filón de su jornada monástica y contemplativa tiene que reservarse para eso: «dijo a este testigo la dicha Ana de san Bartolomé que la acaecía a la dicha Madre Teresa estarse despachando y escribiendo cartas hasta las dos de la mañana, y que se acostaba a aquella hora y decía la despertasen de allí a dos horas…» (BMC 18, 286). Escribirá ella misma: «¡estas cartas!… me mata tanta baraúnda» (138, 1). Y casi a la par: «cartas, que con esto vivo» (160). Tantas cartas… «me tienen tonta» (124, 6). Y, puesta a escribir, la «lástima es que no sé acabar» (175, 10).
Todo ello sin traumas para su vocación mística ni para su alma de contemplativa. Sin repliegues involutivos hacia el eremitismo y la soledad. Y a la vez sin problemas para la vida religiosa que ella promueve y acaudilla. Al contrario. Precisamente dentro del grupo monacal que ha congregado en torno a su persona, pone en marcha un estilo de fraternidad y convivencia que exige la comunicación humana con la misma fuerza que la comunión en los ideales místicos. Cada carmelo suyo es un grupo de personas abiertas en las dos dimensiones: en la comunión mística del ideal contemplativo y en la comunicación humana de la vida de cada día, con sus alegrías, problemas y quehaceres.
De ahí que cuando los carmelos de la Madre Teresa se multiplican, rebrota a nivel intercomunitario la misma necesidad de comunicar. Ella de nuevo en el centro. El carteo, de Carmelo a Carmelo, crea una red de comunicaciones que prolongan la apertura de alma de la Fundadora. Problemas caseros, enfermedades y dolencias monjiles, vocaciones, intercambio de regalos, acoso pecuniario, indumentaria, estampas, recetas de curandería, lecturas, motivos de oración, todo lo que hace el entramado de la vida cotidiana en un grupo de religiosas enclaustradas, asoma ahora y fluye por el carteo que va y viene de un carmelo a otro, a través del cauce creado por la fundadora: «ese mundazo de Sevilla» (152, 4); «esa Babilonia» de la corte de Madrid (265, 1); las noticias de las Indias —«¡esos indios no me cuestan poco!» (2, 13)— o las algaradas de los moriscos en las serranías de Andalucía, o los presagios de guerra con Portugal («lo siento tan tiernamente que deseo la muerte… por no lo ver» —por no ver la guerra— 305, 5), o las peripecias del mundillo conventual…
Todo ello visto al trasluz de un prisma excepcional: los ojos vivaces y purificados de la Madre Teresa. Su epistolario resulta, así, un jirón de historia al natural, modesta y humilde, pero veraz; y una lección de vida humana y cristiana integral, sin adobos ni alambiques. «Entre los pucheros anda el Señor», había escrito ella. Las alturas de la experiencia mística contadas en las Moradas, resulta que eran vividas entre el ajetreo de carteros y carromatos, tal como queda documentado en este epistolario.

La hechura de una carta teresiana

Una carta cualquiera de la Madre Teresa es un retazo de su conversar cotidiano. Sencillo y polifacético. Coloquio en papel y a distancia; pero que refleja sin falsas irisaciones su manera de decir y de tratar.
Con todo, la carta tiene sus exigencias. Impone límites a la palabra. Le impone sobre todo una manera de estructurar el mensaje. Veámoslo a grandes trazos.

Cabecera y saludo inicial. — La carta teresiana inicia, invariablemente, con un trazo religioso: la señal de la cruz y el nombre de Jesús. Ambas cosas incluidas en el anagrama clásico «jhs» (en minúsculas), que ella lee: «Jesús», y en el centro del cual sobre el asta prolongada de la h traza la cruz. Preside el frontal del papel y precede a la redacción del texto. Con frecuencia forma parte del saludo: «jhs (Jesús) sea en el alma de vuestra merced o de vuestra paternidad». No ha precedido el nombre del destinatario, relegado casi siempre al sobrescrito en la parte exterior del envoltorio. El saludo en cambio se prolonga o adquiere la flexión correspondiente, bien sea a tono con el ciclo litúrgico, bien con la situación concreta del destinatario: felicitación pascual, congratulación, condolencia, agradecimiento…, o bien da paso inmediato al asunto de la carta.

El cuerpo de la carta. — Se abre la conversación. Cuando la carta es respuesta a otra del interlocutor, generalmente se comienza acusando recibo, y empalmando con la palabra o el mensaje recibido. A través de la respuesta el lector de hoy entrevé la otra parte del diálogo, reflejada en la reacción de la Santa, dialogante maravillosa. La secuencia de temas fluye con libertad. Con incisos, digresiones, repeticiones. Pero con la típica lógica femenina y dialogal de la Santa que apunta a la persona del interlocutor y a los objetivos que quiere lograr. El asunto jamás es puramente cosístico. Es personal. Rara vez implica a una sola persona. El texto, por tanto, se abre como un pequeño drama o un jirón de vida vivida por un grupo de actores. Pocos puntos y aparte. Final rápido. Frecuente confesión de prisa por el exceso de carteo en espera de respuesta. «Escribí con tanta prisa que no sé qué he dicho» (175, 11). «Ya le he escrito hartos consejos bobos» (147, 4). «No tengo lugar (tiempo), ¡qué poco he sido corta para no tenerle!» (231, 11).

Despedida y fecha. — Como el saludo inicial, también la despedida es religiosa: «quede con Dios, y pídale que me le dé a mí» (a Báñez). «El Señor dé salud a vuestra merced y nos le guarde» (a Gaytán). «Dé nuestro Señor a vuestra señoría el descanso que deseo, con mucha santidad» (a Salcedo). Casi siempre en ese tono. La despedida se abre con un augurio florecido sobre un deseo bien perfilado, de acuerdo con la situación del destinatario. La recogida material de esa serie de augurios y deseos arrojaría automáticamente un buen balance de la sensibilidad humana y orante de la Autora, de cara a las personas que desfilan ante su pobre escribanía. Matizado según se trate de una dama, una monja, un prelado, un mercader o una de sus prioras. O del rey: «Su divina Majestad lo guarde (a Felipe II) tantos años como la cristiandad ha menester» (52). «Dé Dios a vuestra Majestad tanto descanso y años de vida como yo continuo le suplico y la cristiandad ha menester» (86). «Ningún otro (remedio) tenemos en la tierra (sino a vuestra Majestad): plega a nuestro Señor nos dure muchos años» (218).
Algo más complicada es la datación. De ordinario, sigue al saludo de despedida. Escrita en números romanos o bien de palabra. (La Santa no usa los números arábigos). Omite el año: indica sólo día y mes. Las más de las veces, en términos litúrgicos: titular del santoral, o fiestas de adviento, navidad y pascua; domingo de «casimodo»; «día de carrastolendas ». Alguna vez relaciona la fecha con efemérides de su propia vida: «Es hoy víspera de Todos Santos. En día de las ánimas tomé el hábito. Pida vuestra paternidad a Dios que me haga verdadera monja del Carmelo, que más vale tarde que nunca» (138, 5). A veces duplica la fecha: tras haber catado según la fiesta del día, añade el número de éste o confiesa no saber en qué día del mes está: «Es hoy domingo, no sé si 20 de agosto» (era el 21: carta 354). «Es hoy domingo 19 de octubre» (era el 20: carta 210). No es raro sorprenderse a sí misma errando la fecha: «Son hoy 8 de abril, de esta casa de San José de Toledo, —quise decir, de mayo» (342). «Esta carta… puse fecha de 10 y paréceme que son doce, día de santa Clara» (43). O más expeditivamente: «Son hoy, ya lo he dicho», había comenzado recordando que al día siguiente era la fiesta de la Concepción (160). Tampoco será raro el caso de doble datación en una misma carta escrita con grandes intervalos.

La firma. — Generalmente: «Teresa de Jesús». A veces, con el complemento: «carmelita». Hacen excepción la primera carta a su hermano Lorenzo (de 1561) y el billete primerizo a Venegrilla (de 1546), en que se firma «Doña Teresa de Ahumada» (cartas 1 y 2). El nombre de la firmante no lleva adorno ni rúbrica alguna. Lo precede casi siempre un título de humildad o de afecto: «de vuestra merced sierva», «indigna sierva», «verdadera hija de vuestra paternidad». O bien a Gracián, redoblando los títulos: «De vuestra reverencia sierva e hija y súbdita, y ¡qué de buena gana!» (390, 5). Similares expresiones de humildad preceden a la firma en sus cartas a las monjas, incluso a novicias y postulantes.

La posdata. — Es frecuente y sintomático en las cartas teresianas. Tras la firma, no sólo afloran a su pluma nuevas cosas que decir, sino que en el fondo la carta y su mensaje siguen abiertos. Ocurre que de ordinario las últimas líneas abren el recuerdo o la evocación de las personas queridas, asociadas al destinatario: tres, cinco, hasta una docena, y más. Ellas provocan nuevas alusiones y remembranzas después de la firma. No es raro el caso en que se añaden dos o tres posdatas sucesivas. Una después de la datación, antes de firmar. Otra a continuación de la firma. Nueva posdata en los márgenes, lateral o frontal. Alguna vez la posdata será más larga que la carta (159). Incluso, en ocasiones, una vez cerrado materialmente el envoltorio, se agrega en la parte exterior de éste un último comunicado. Algo que delata la postura de fondo del alma de la Santa: ella sigue abierta y comunicante al cerrar su papel, como al iniciar la carta (Cf. las cartas 188, 190, 195, 211, 359, 412…, o la doble posdata en la c. 146).

Sobrescrito y envoltorio. — El sobrescrito con la dirección del destinatario plantea a la Santa el puntilloso problema de los «ditados», títulos protocolarios de su corresponsal. Contra ellos y sus infinitas complicaciones había protestado en Vida (37, 10) y Camino (22, 4). «Aun para títulos de cartas es ya menester haya cátedra». De nuevo protesta contra los que a ella le propina don Teutonio de Braganza, en las primeras cartas que le escribe. Y contra el carmelita calabrés Ambrosio Mariano de san Benito, mucho más tozudo y altisonante. En cambio, ella se plantea el problema cuando se dirige a personajes fuera de serie, como Felipe II. En la primera carta a éste, tras haberse informado a conciencia, le dará el correspondiente meticuloso tratamiento: «A la sacra, católica, cesárea, real majestad del rey nuestro señor» (52). Pero el protocolo dura poco. No resiste a la sencillez de las cartas sucesivas al Rey. El problema se le replanteará cuando tenga que escribir al terrible nuncio Sega. Envía la carta a Gracián rogándole: «mande poner ese sobrescrito (en la carta) al nuncio, que por no errar no le pongo; una de esas señoras le pondrá, la que más parezca a mi letra» (261, 1). Fuera de esos casos, el sobrescrito de sus cartas consta de lo más elemental: nombre del destinatario y lugar de residencia, añadiendo si es el caso los títulos de aquél, que sirvan para salvaguardar la carta o localizar su morada. Por ejemplo: «A Roque de Huerta, guarda mayor de los montes de su majestad, en Madrid». O «para la madre priora de San José del Carmen en Sevilla, descalzas carmelitas, a la calle de San José, a las espaldas de San Francisco» (126). O más sencillo: «para mi hija la madre priora de San José de Sevilla» (180). Son típicos y delicados los sobrescritos de las cartas a Báñez (195-196), o bien a otro sacerdote amigo, de Alba: «Para mi padre Pedro Sánchez, confesor de las carmelitas. Es mi padre. Alba» (467).
El sobrescrito ocupaba su puesto en la parte externa de la carta, bien sea sobre el reverso de uno de los pliegues de ésta si había quedado en blanco, bien sobre una faja de papel con que envolvía el folio escrito, una vez plegado en seis u ocho dobladillos. Una de las extremidades de esa faja era apuntada con dos cortes a tijera, e introducida en la ranura hecha también a punta de tijera sobre el extremo opuesto. El envoltorio hacía de sobre. En él, asegurando el cierre, se aplicaba el sello a presión. 12 Santa Teresa – Epistolar

El sello teresiano. — La función del sello era doble: cerrar la carta dentro del envoltorio, y garantizar su secreto. Su uso hacía especialmente necesario cuando dentro se incluía dinero o el texto contenía un mensaje delicado. «Es para mi padre Pablo en la cueva de Elías» (292), es decir, en alguna de las ermitas o cuevas de Pastrana, adonde se ha refugiado Gracián huyendo de las iras del Nuncio Sega. El sello de la Santa reproducía el monograma inicial de la carta: constaba de las iniciales JHS (mayúsculas), coronadas con una cruz sobre la H, y encuadradas en un sencillo dibujo a modo de retablo diminuto. En torno a éste, un doble círculo concéntrico definía los contornos del sello. Para aplicarlo bastaba una oblea humedecida o unas gotas de goma laca.
La Santa usó más de un sello, con ese mismo trazado y sin leyenda propia. En casos de emergencia, por haberse olvidado de llevarlo consigo, recurría a sellos ajenos. «Venga mi sello, que no puedo sufrir sellar con esta muerte, sino con quien querría que lo estuviese en mi corazón como en el de san Ignacio», escribía desde Toledo a su hermano Lorenzo en Avila (172, 5). «Esta muerte» era el sello de emergencia, prestado por alguien de Toledo y que lucía en el centro del círculo una calavera sobre dos huesos cruzados en aspa.
Para abrir la carta era preciso hacer saltar el sello o desgarrar la tira del envoltorio. Si sobre éste se había escrito la última posdata, fácilmente se la desgarraba o mutilaba al abrir. Es lo que ocurre con los sobrescritos y posdatas teresianas en muchos casos.

El papel. — La carta teresiana es generosa. Refleja cierta aristocracia de relaciones humanas. Papel de calidad. Formato mayor: generalmente 31×21 cm. Amplios márgenes superior y lateral izquierdo. No refleja la pobreza, casi siempre extrema, de quien escribe, sino el respeto profesado a quien recibirá el mensaje. «Pase vuestra merced esotra plana, que tomé mal papel», escribe al jesuita Gaspar de Salazar (48, 3), y deja en blanco el reverso del primer folio. A Gracián, al menos en un caso, le responde en el mismo papel en que él le ha escrito, en columna frontera (116). Procederá de igual forma en otras ocasiones, cuando sea útil tener presentes las dos piezas: las proposiciones del corresponsal y las respuestas de ella (361).
Cuando no se trata de escribir una carta sino un simple billete, usa papel de menores proporciones. Nunca excepcionalmente pequeño o mal cortado. Es normal que sus cartas fuesen acogidas como un regalo: «Gustaba harto a nuestro católico rey don Felipe cuando leía alguna carta suya, y no menos a la serenísima princesa de Portugal Doña Juana. Y los excelentísimos señores Duques de Alba, a quien ella escribía muy a menudo, y otras personas guardaban sus cartas como una viva doctrina para su bien». Así escribe Gracián (Diálogos sobre la muerte de la madre Teresa. Conclusión).

Una página. — Hablaremos luego de los autógrafos del epistolario teresiano. Ahora nos acercamos a una página cualquiera de las muchas que parten de su pobre escribanía. Como en los grandes autógrafos de Vida o del Castillo Interior, también esa página cualquiera de sus cartas es un espejo del alma de Teresa. Grafía segura. Fruto de una pluma que ha escrito mucho. Trazos firmes y algo cincelados, pero de curso ágil y fluido. Sin tropiezos. Las tachas y borrones que hoy afean a más de un autógrafo suyo se deben a plumas ajenas y tardías, entrometidas. Rarísima vez la autora tacha o borra la palabra una vez escrita. Si acaso, la retracta. Cuando su pluma ha incurrido en un lapsus, lo repara de palabra, exactamente como en el lenguaje oral. Por ejemplo, al datar: «Son hoy 8 de abril, de esta casa de San José de Toledo; quise decir, de mayo» (342, 10). O bien, más tajante: «Son hoy, ya lo he dicho» (160, 8). Efectivamente, había comenzado la carta escribiendo: «Hoy, víspera de la Concepción…».
Indice de la rapidez con que redacta, es su recurso a las abreviaturas: tildes para suplir la «n» final de sílaba, rizos sobre la «q» (q=que), corte del asta de la «p» (=para), trazo en arco para abreviar los «ditados»…, confieren especial fisonomía a la página. Ya en el siglo XVIII, uno de los mayores estudiosos críticos del carteo teresiano, el P. Manuel de Santa María, anotaba a propósito de las abreviaturas usadas por la Santa: «Las cifras comunes a éste y a los demás escritos suyos son las siguientes: pa - q - a - aq - nro - vro - pe - pº - md - mds - mag - jhs - gra - s. - sr. Las cuales significan: para - que - an - anque - nuestro - vuestro - padre - pedro - merced - mercedes - magestad - Jesus - gracia - señor. Las (cifras) que especialmente se notan en estas cartas son las que siguen: ssto - v.rr. - v.m. - aº - me - s.r - sr. - s.a - rrdisimo - rrmo - su rr - su p. - su r - fco - fcos - rrs - rrº - mº. Es a saber: Espíritu Santo - V.R. (Vuestra Reverencia) - V.m. (Vuestra Merced) - Antonio - madre - (y tal vez media) - Señor - Señora - Reverendíssimo - Su Reverencia - Su Paternidad - y el pr. tal vez significa Priora - Francisco - franciscos - reales» (manuscrito 13.245 de la BNM, f. 82r).
Minucioso, pero revelador.

Recurso a las amanuenses

Para la madre Teresa la carta es cosa personal. Como la palabra. Se produce en clima de intimidad o de inmediatez. Lo normal es que todas sus cartas sean autógrafas. ¿Cómo ceder a otro la pluma o la palabra?
La traiciona su fragil salud. Cuando sus achaques la llevan al extremo de no poder más, recurre a la mano ajena para no renunciar al carteo y con él a la comunicación. Así comparecen en el epistolario las «secretarias» de la madre Teresa. Ella misma les ha dado ese nombre. En realidad son sencillas amanuenses. Escriben al dictado. No parece que hayan redactado «por encargo», escribiendo por propia cuenta.
La presencia de la amanuense sirve de pista para seguir los altibajos de salud o los grandes cansancios de la Santa. Recurre a ella por primera vez al comienzo de las fundaciones, tras la grave enfermedad contraída en Río de Olmos (Valladolid), a fines de 1568: «ni lugar ni fuerza tengo para escribir mucho, porque a pocas personas escribo ahora de mi letra» (16, 1).
Otro tanto le ocurre dos años más tarde en Toledo, en vísperas de emprender el viaje de vuelta a Avila: «La mano ajena suplico a vuestra merced perdone, que me tienen las sangrías flaca y no está la cabeza para más» (28, 2). Alguna vez inicia ella la carta, prosigue la secretaria y la concluye de nuevo la Santa (221).
Pero el recurso a la amanuense se hace normal y frecuente a partir de la gravísima crisis de salud provocada por el trabajo nocturno a primeros de febrero de 1577 en Toledo. «Sepa, mi padre, que han parado las muchas cartas y ocupaciones mías —tan a solas— en darme un ruido y flaqueza de cabeza, y mándanme que si no fuere muy necesario no escriba de mi letra» (carta 187, 5: del 28.2.1577). Es el ruido y cansancio de cabeza que persistirá hasta las fechas en que redacte las Moradas (verano del mismo año). Los síntomas de agotamiento nervioso debieron ser alarmantes: «Cierto, ha sido el trabajo excesivo este invierno; y tengo harta culpa, que por no me estorbar la mañana, lo pagaba el dormir» (182, 2). «Mire —advierte a Lorenzo su hermano— que es menester los que hemos ya edad llevar estos cuerpos para que no derruequen el espíritu, que es terrible trabajo. No puede creer el disgusto que me da (el cuerpo) estos días, que ni oso rezar ni leer, aunque como digo estoy ya mejor; mas quedaré escarmentada, yo se lo digo» (182, 7). «Está la cabeza cual la mala ventura», había escrito poco antes (178, 1). La crisis había ocurrido en la noche del 5 al 6 de febrero. A partir de ese percance, el recurso esporádico a «la mano ajena» durará las últimas jornadas de 1582.
En el servicio se turnan al menos cuatro carmelitas. Aquí, en Toledo, su sobrina Beatriz de Jesús. En Avila, la célebre flamenca Ana de san Pedro (Wasteels) y otra sobrina de la Santa, Isabel de san Pablo. Y en los viajes de los últimos años, la dulce enfermera Ana de san Bartolomé. La promoción de esta última a categoría de secretaria fue un episodio interesante. Lo cuenta ella misma a los jueces en el proceso de beatificación de la Santa (Avila, 1595):
«Estando un día la Madre en Salamanca…, hallándose la santa madre Teresa de Jesús fatigada por tener muchas cartas a que responder, la dijo a esta declarante:
—Si tú supieras escribir, ayudárasme a responder a estas cartas.
Y ella le dijo: déme vuestra reverencia materia por donde deprenda.
Diola una carta de buena letra de una religiosa descalza, y díjola que de allí aprendiese. Y esta testigo la replicó que le parecía a ella que mejor sacaría de su letra y que a imitación de ella escribiría.
Y la santa madre luego escribió dos renglones de su mano y dióselos; y a imitación de ellos escribió una carta esta testigo aquella tarde a las hermanas de San José de Avila. Y desde aquel día la escribió y ayudó a responder las cartas que la Madre escribía, sin haber —como dicho tiene— tenido maestro ni aprendido a escribir de persona alguna, ni haberlo aprendido jamás, y sin saber leer más de un poco de romance, y con dificultad conocía las letras de cartas» (BMC 18, 173).
Poco después comentará la Santa: «Ana de san Bartolomé no cesa de escribir. Harto me ayuda» (424, 3). En alguna ocasión escribirán las dos de mancomún. La Santa firmará la carta, y Ana la posdata (359, 3.4.8).
El servicio de la amanuense, sin embargo, no llega a tener estabilidad. Son pocas las cartas de la Santa escritas enteramente de mano de la secretaria. Alguna vez ésta es incapaz de seguir el dictado de la Santa, y pierde el hilo de lo que va escribiendo (196, 1). En otras ocasiones, la Santa recurre a ella en última instancia, cuando el cansancio físico no le deja concluir el escrito (270, 6). Hay cartas en que alternan los estratos autógrafos de la Madre con los de la secretaria (198, 202, 221, 237, 405…). Generalmente aquélla se reserva ciertos temas delicados, por lo personales o por secretos: «…escribo de mano ajena, sino es cosa secreta o forzosas cartas» (198, 3; cf. 188). Más de una vez la secretaria aprovecha una pausa de la Madre, para intercalar un recado de propia cosecha, si la carta va dirigida a otro carmelo. Por ejemplo, cuando la Santa desde Avila da recuerdos a la priora de Sevilla para la joven hermana que en esta ciudad le ha prestado servicios de enfermera: «Al prior de las Cuevas un gran recaudo de mi parte, que es mucho lo que quiero a ese santo… y a la mi Gabriela —que por cierto con una cosa la llama nuestra Madre «su Gabriela» que aínas pondría envidia…» (237, 6). Evidentemente, la Santa ha releído con regusto el entrefilete de la amanuense, y de nuevo le cede la pluma tras firmar, para que añada su posdata: «Es la secretaria Isabel de San Pablo, sierva de vuestra reverencia y de toda esa casa. Madre mía, ahora se me acuerda que he oído decir que hay ahí unas imágenes de papel grandes y muy buenas…; díceme nuestra Madre que pida a vuestra reverencia un san Pablo…; me le envíe vuestra reverencia que sea muy lindo… Ha de ser cosa que me huelgue de mirarle».
En alguna otra ocasión, tras haber dictado todo el texto, la Santa se olvida de firmar y se limita a añadir de propia mano la posdata (211, 7). A veces el dictar la cansa, quizás tanto como el escribir: «¡aun de notar (dictar) me canso!», confiesa a la priora de Sevilla (357, 8).
De la amanuense se sirve también para obtener un duplicado de la carta, ya sea cuando decide enviarla por dos o más vías, ya cuando quiere conservar copia o enviarla a Gracián. Son relativamente frecuentes los casos en que opta por el duplicado, aunque poquísimos han llegado hasta nosotros (103; 230; 14; 280; 281; 147).
Entre las amanuenses excepcionales hay que contar también a Teresita, la sobrina de la Santa, hija de don Lorenzo. Más de una vez, la Madre le cede la pluma para que complete la carta con una posdata de propia mano. Ello dará pie a una nueva posdata de aquélla: «En gracia me ha caído el recado de Teresa. Ahora creo que no hay mejor remedio que el amor. ¡Dios nos le dé con Su Majestad!» (246, 10).

Criptogramas

Entre las singularidades chispeantes del epistolario teresiano, quizás la más divulgada es su recurso al lenguaje cifrado y, más concretamente, al humorismo que traspira su cifrario.
No se trata sin embargo de un fenómeno que afecte a todo su carteo. El cifrario teresiano se ciñe, casi exclusivamente, a la correspondencia con Gracián. Surge como recurso obligado cuando la correspondencia entre ambos comienza a ser vigilada e incluso interceptada y violada por los adversarios de Gracián y de su visita a los carmelos andaluces.
No sabemos si la idea surgió de éste, hijo del secretario regio y conocedor de la técnica de la correspondencia cifrada, en boga desde los años de Carlos V1. El mismo Gracián nos refiere que «cuando nos escribíamos la madre Teresa y yo, por manera de cifra, mudábamos los nombres; y «gatos» llamábamos algunas veces a los frailes calzados…» (Peregrinación de Anastasio, diálogo 16).
1. Años más tarde, Gracián escribirá un «Tratado de las cifras», que dedicó a su hermano Tomás Gracián, «intérprete de las lenguas de Su Majestad», publicado recientemente por Ismael Bengoechea en Burgos, rev. «Monte Carmelo» 104 (1996) 295… Lo que no cuenta Gracián es que él, más descuidado que su interlocutora, se olvida de la cifra concertada entre ambos, y la Santa tiene que bregar para descifrar sus cartas. Hasta que ella lo reconviene, para que no trastrueque el cifrario sin avisar (254, 3).
Quizás la confusión se debía a que poco a poco la lista de nombres trucados había crecido desmesuradamente. Y para algunas personas las cifras habían pasado a ser dobles o triples. Así para ellos dos: la Santa pasa a ser Angela y Laurencia; y Gracián, Eliseo, Pablo o Cirilo, o bien el de la cueva. En una misma carta se le recuerda a Gracián que tiene que hablar con Pablo y recomendar a Eliseo… A ciertos personajes de talla se les propinan sendos nombres bíblicos: al nuncio se le llamará Matusalem, y al provincial carmelita de Castilla, Melquisedec; al padre Pablo Hernández, jesuita influyente en la corte: Padre Eterno. Para el diablo retiene el nombre popular, largamente difundido en el teatro: Patillas. Para la inmensa mayoría de los restantes actores del drama reflejado en el epistolario, la Santa toma nombres que espontáneamente han brotado en la conversación, quizás motivados por un episodio curioso. En todo caso, el conjunto revela bien el trasfondo de humorismo agridulce con que la Santa y Gracián vivieron los trances de la borrasca.
Una lista, seguramente incompleta, de ese cifrario podría ser la siguiente:
Aguilas: las carmelitas descalzas (119, 145).
Angel / ángeles: el inquisidor o los inquisidores (136).
Angel mayor: el presidente del consejo regio (Covarrubias o Pazos); o el Inquisidor Mayor Quiroga (121, 145, 231).
Angela: la Santa (136, 145).
Ardapilla: el licenciado Juan Calvo de Padilla (230, 231).
Aves nocturnas: las carmelitas calzadas (145, 155).
Carrillo: el jesuita Gaspar de Salazar (230, 231).
Cigarras: las carmelitas calzadas de Paterna (154, 159).
Cirilo: el padre Gracián (150).
Clemente: Elías de san Martín (136).
Cuervos: los jesuitas (230).
El de la Cueva: el padre Gracián (325).
David: personaje dudoso (128).
Elías: el carmelita Juan Evangelista (89, 92, 197).
Eliseo: el padre Gracián (89).
Esperanza: Gaspar de Salazar (128, 154, 159, 174).
Fanegas: María de los Santos, Vanegas (120).
Gato: Antonio de la Madre de Dios (231).
Gatos: carmelitas calzados (92).
Gente de Egipto: carmelitas calzados (155, 233).
Gilberto: el nuncio Nicolás Ormaneto (124, 231).
Infante: Juan de las Infantas (118, 119).
Joanes: Juan de Jesús (?), Gracián (?) (136).
José Bullón: Juan de Jesús Roca (140).
Josef: Jesucristo (155, 234…).
Josefa: María de san José (117, 124, 128).
Laurencia / Lorencia: la Santa (89, 116, 117).
Lobos: los carmelitas calzados (254).
Macario: Antonio de Jesús, Heredia (89).
Madaleno: Juan Gutiérrez de la Magdalena (232).
Mariposas: las carmelitas descalzas (119, 121, 154).
Matusalem: el nuncio pontificio (Ormaneto: 119, 124, 145; Sega: 231).
Melquisedec: el provincial Angel de Salazar (134).
Padre Eterno: Pablo Hernández (8).
Patillas: el diablo (136).
Paulo (Pablo): el padre Gracián (234, 292, 347).
Peralta: Jesucristo (219).
Peralta: el carmelita Jerónimo Tostado; el cardenal Quiroga (119, 124, 136, 154, 239).
Perucho: el carmelita Alonso de Valdemoro (145).
Santelmo: el jesuita Francisco de Olea (119, 138, 150).
Séneca: san Juan de la Cruz (92).
Tostado: Jerónimo Tostado (118).
No todos estos pseudónimos son cifras convenidas para el carteo. Hay algún caso de cambio de nombre, como el de «José Bullón», adoptado por el padre Juan de Jesús, Roca, cuando se disfraza para emprender el viaje a Roma de incógnito (140), 1). Otros son simple deformación del nombre o apellido del interesado, como «el Madaleno», Josefa, Infante, el Tostado. Como resultado de este juego de nombres, hay una larga lista en el epistolario teresiano.
Por ejemplo:
La mi Bela: la niña Isabel Dantisco (175).
La Delgada: Inés Delgado (163).
La San Francisco (o bien: San Francisco): Isabel de san Francisco.
La mi Gabriela: Leonor de san Gabriel (237).
San Jerónimo: Isabel de san Jerónimo.
Maruca: María de Tolosa (459).
La Parda: María de Jesús, Pardo (61).
El Pausado: el presidente del Consejo, Antonio Mauricio de Pazos, tildado de lentitud por la Santa (272).
Periquito: Pedro Gracián (124).
Los del Paño: los carmelitas calzados (98).
La lista de nombres citados suele alargarse con otro tipo de pseudónimos elaborados por la Santa, pero que en realidad no son sino remoquetes cariñosos, probables dejos del trato familiar de la Madre. Valgan sólo unos ejemplos:
La mi Gordilla: es una de las hijas de doña Catalina de Tolosa, la futura Elena de Jesús, pequeña y regordeta (461).
La Lloraduelos: compañera de «La Parda» (María de Jesús, Pardo), tan llorona al separarse de ésta «que no pensé que acabara» (61, 5).
Maestro de Ceremonias: es Jerónima de Aranda, la ceremoniática doméstica de don Lorenzo de Cepeda (115, 1).
Sabandijita: es Mariana Gaytán, hija de Antonio Gaytán, admitida muy niña en el carmelo de Alba (85, 5), llamada otras veces «el angelito» (386, 6).
Esa su poca cosa: remoquete de María Bautista, que tal vez se había autodefinido así, con un gesto de excesiva modestia que no cuadraba del todo a su genio (76, 2).
Mi priora: es la Virgen Santísima, cuya estatua ella había colocado en la silla prioral del coro de la Encarnación (41, 3).
El casamentero: Dios o Jesucristo, que ha bendecido definitivamente el afecto de la Santa a Gracián (174, 5).
El Vidriero: Jesucristo, joyero misterioso que ha concurrido a la elaboración del libro de las Moradas (219).
El sancta santorum: Gracián (390, 2).
Aún utilizando el cifrario, persiste en la Santa el «miedo (de) si toman las cartas» —si se las interceptan (254, 1). Para prevenirlo, entre ella y la priora de Sevilla organizan un nuevo sistema de camuflaje en los sobrescritos: llevarán el nombre de la madre María, priora de Sevilla, pero en realidad irán destinados a Gracián. Más sagaz que la Santa, la priora perfecciona el sistema, que sigue funcionando mientras Gracián reside en Andalucía, o bien hasta que la Santa logre seguridad absoluta captando la benevolencia de los «correos mayores» de Castilla, que se rendirán a sus demandas (246, 5; 148): «Las cartas de nuestro Padre (Gracián) pondré sin cubierta, y para vuestra reverencia (madre María) el sobrescrito y dos cruces o tres; mejor es dos, o una, que son muchas las que ahí van. Y vuestra reverencia le avise que no me sobrescriba él sino vuestra reverencia, y en las suyas con la misma señal, y es más disimulado y mejor traza que la que yo daba» (146), 5).
Con todo, el cifrario fue problema acuciante sólo en el carteo con Gracián. Apenas si hace acto de presencia en la correspondencia con Ambrosio Mariano de san Benito, mientras éste tramita los asuntos de la Reforma teresiana en la corte de Madrid (192, 4). Ocasionalmente, reafloró en el carteo con un jesuita, Gaspar de Salazar, gran amigo de la Santa desde los días de su rectorado en San Gil de Avila, hasta las fechas en que tantea el paso a la reforma teresiana; luego, poco fiel a la amistad. Ya en esa ocación del fallido cambio de hábito, recurrió él a un cifrario convencional, para esquivar la mirada de sus superiores. Cifrario inútil por lo transparente, pensó la Santa. Ella en cambio había utilizado un lenguaje entre cifrado y alegórico, para dar a este su amigo la noticia alborozada de su último libro, la joya de las Moradas. Léase la carta 219, 7 para comprobar en directo la gracia con que la Santa es capaz de improvisar un sistema de mensaje cifrado, sin hermetismo, transido de humor y de belleza.

Los carteros teresianos

Carteros y mensajeros tienen menos importancia para una lectura comprensiva del epistolario teresiano. Con todo, su intervención no carece de interés. No sólo porque vienen a interpolarse en algo tan personal e íntimo como la comunicación epistolar teresiana. Sino por el alto concepto que la Santa tiene del sigilo epistolar. Y por las asechanzas que con el andar del tiempo llegaron a acechar a sus cartas en las casas de postas y sus aledaños.
Es curioso sorprender a la Santa dispuesta a abrir, con confianza de hermana, una carta de Lorenzo de Cepeda a Juana de Ahumada —los tres hermanos—, y de pronto retenerse y renunciar a la apertura: «Abrí esa carta de mi hemano para… Sepa que la iba a abrir y se me hizo escrúpulo», y no la abrió (22). Al propio hermano Lorenzo suplicará o requerirá que las cartas privadas escritas por ella a su sobrino Francisco, hijo de aquél, se le entreguen cerradas. Ella misma respeta escrupulosamente las cartas de su hermano a la priora de Sevilla, pese a la confianza que reina entre los tres (335, 7). Cuando quiere que ésta lea alguna de sus cartas a personas amigas, se la envía abierta y se lo advierte (175, 11; 330, 7…). Datos que permiten vislumbrar la sensibilidad de la Santa al depositar ciertas cartas en manos venales o irresponsables.
Afortunadamente la España de su tiempo contaba ya con un complejo sistema de correos2. Eran numerosos los «ordinarios » de ciudad a ciudad. Había además mensajeros ocasionales: arrieros y recueros. Y por fin, cabía el recurso al mensajero «propio», enviados a propias expensas.
Son numerosas las cartas en que el lector sorprende a la Madre escribiendo a toda prisa, porque a la puerta del convento espera impaciente el cartero de turno (180, 100). Otro problema es el de la paga, que a su vez puede poner en riesgo la consigna de la carta (210, 2). Más de una vez quedará perpleja sobre la «vía» que elegir para una expedición rápida y segura. A las Indias escribirá, si llega el caso, hasta por cuatro vías a la vez. O bien se resigna a esperar el día de estafeta (439). En alguna ocasión, la carta vuelve a sus manos antes de llegar a las del destinatario: «ésta iba con un cartero, y trajéronle malo y tornómela. Abrila para ver qué decía…» (111, 7).
Sabemos que la Santa, pese a la extrema pobreza de sus carmelos, no escatimaba dinero para cursar un «propio». Gracián, que en más de una ocasión la reprendió «diciéndola… que dónde habíamos de hallar para pagar tanto dinero», cuenta:
«Acaecía, para hacer alguna diligencia de alguna fundación, gastar muchos dineros en hacer correo propio. Diciéndole yo:
—Busquemos quien lleve estas cartas porque no gastemos tanto. Respondía:
2 Cf. M. Montáñez Matilla, El correo en la España de los Austrias. Madrid 1953. —Si por negocios importantes se hace un correo propio, qué más importante que hacer una iglesia más, donde se adore el Santísimo Sacramento. Ande, Padre, a trueque de que no perdamos una coyuntura, ¿qué hace al caso doce ni veinte ducados?
Finalmente con la pobraza que tenía, que era grandísima, nunca vi en hombre ni mujer mayor ánimo, ni condición más liberal» (Scholias…, p. 155-156).
Con el fino sentido humano y social que la caracterizaba, comprendió rápidamente que lo decisivo para su carteo era asegurarse el apoyo de los «correos mayores». En Toledo hace enseguida amistad con Figueredo (120, 118). En Palencia, con Diego de Reinoso (373, 406). En Burgos, con Francisco de las Cuevas. Unicamente en Avila fue desafortunada. Hasta el extremo de que en algún caso delicado toda su habilidad no le valió para recuperar de mano del correo el envoltorio recién consignado, para abrirlo e incluir en él una nueva misiva importante (212).
En definitiva, los mejores servicios de mensajería se los prestaron personas íntimas: su gran amigo de Madrid, Roque de Huerta, guarda mayor de los montes de Su Majestad y casi correo familiar de la Santa (véase la primera carta que le escribe, fijando las condiciones del servicio: 203); doña Juana Dantisco, que servirá de medianera entre la Santa y Gracián, cuando el nuncio Sega condene a éste al ostracismo y a la incomunicación epistolar; el prior de la cartuja de las Cuevas (Sevilla), Hernando de Pantoja, a quien la Santa hará consignar cartas delicadas cuando el provincial Cárdenas bloquee las comunicaciones con el carmelo de Sevilla. Y otros humildísimos servidores, como Ríes, Gaytán, Antonio Ruiz…
Más que todos ellos, la verdadera estafeta de la Santa fue María de san José, la priora de Sevilla. Tanto para encaminar el difícil correo de Indias, como para el diálogo con Gracián en los años de la visita a los calzados andaluces. «La ruego por caridad tenga mucho cuidado de escribirme lo que pasa cuando nuestro Padre no pudiere, y de darle mis cartas, y recaudar las suyas. Ya ve qué se pasa, aún estando ahí de sobresaltos: ¿qué será estando tan lejos? Que el correo mayor de aquí (Toledo) es primo de una monja que tenemos en Segovia; hame venido a ver, y por ella dice que hará maravillas. Llámase Figueredo. Es, como digo, el correo mayor de aquí. Hémonos concertado y dice que, si allá (en Sevilla) hay cuidado de dar las cartas al correo mayor, que casi a ocho días podría saber de allá. Mire qué gran cosa sería. Dice que con poner una cubierta sobre mi envoltorio que diga que es para Figueredo, el correo mayor de Toledo, cuando en ellas fuere mucho, ninguna se puede perder. — Todo es trabajo de vuestra reverencia; mas yo sé que otros mayores tomara por mí, que sí los tomaría yo por ellas–» (120, 3; 127, 152…).

El mensaje y los destinatarios

No estamos ante un epistolario doctrinal. Ni siquiera espiritual. La Autora no confunde las cosas: no escribe cartas desde la cátedra, como los libros. Sólo en las cartas espurias nos encontramos con piezas elaboradas desde la tácita consigna convencional: «hablemos de cosas espirituales». La premisa que regula y motiva el diálogo en cualquier carta suya es más elemental: «hablemos». Desde la vida que vivimos. Lo pide la tarea que llevamos entre manos. Y el amor que nos tenemos. «Sepa que me da a veces un deseo de verla que parece que no tengo otra cosa en que entender. Esto es verdad» (a María de san José, 120, 4). «¡Oh, qué mal lo ha hecho en escribirme tan corto!» (a Gracián 239, 1). «¡La gana que tenía de escribirla!» (330, 16, al final de una carta excepcionalmente larga, con no menos de tres posdatas sucesivas).
De este subsuelo de vida real, de convivencia al natural, de quehaceres y amores compartidos, brotan los motivos temáticos. No faltan páginas de dirección espiritual. De discernimiento de personas o de espíritus. De aterrizaje en el campo de la oración personal. O de vuelo a las esferas místicas. Porque todo eso está de antemano en el paisaje de la Autora y en el entramado de la vida. La comparación de esas páginas con el epistolario de san Juan de la Cruz o con las cartas de santa Teresa de Lisieux —por citar autores afines— permitiría captar las distancias.
Una rápida asomada al panorama del carteo ayudará a localizar las siluetas más destacadas, temas y personas indistintamente.

Ella, ante todo. No sólo la Autora y dialogante. Sino objeto de mensaje. Es sabido que aun en las obras doctrinales la Santa, en el fondo, sigue autobiografiándose. En las cartas, lo mejor de la comunicación es la presencia de su persona. No como centro de atención, sino como foco de irradiación.
No esquiva artificiosamente el hablar de sí misma. Desde lo más externo de la persona —el cuerpo, de frágil salud— hasta lo más recóndito del alma. Habla espontáneamente de sus enfermedades, que la rondan y la siguen como una sombra, dando realce a su dinamismo y sentido del humor. Repite la confidencia, pero jamás con voz quejumbrosa. Casi siempre: «ya estoy mejor». O a lo sumo: «razonable estoy».
Más allá del cuerpo, los planos de la psique quedan reservados para las confidencias a los íntimos. Al hermano Lorenzo de Cepeda le permite asomadas fugaces hasta la morada de las gracias místicas. A la priora de Sevilla, María de san José, le confía casi toda la gama de sus sentimientos, zozobras, estados de alma; sin recatarse ni descomponerse para el regaño duro: «con quien bien quiero ser intolerable» (319, 2). Para Gracián, el cuadro es completo: desde los escrúpulos de conciencia, cuando teme haber rozado la caridad (96), hasta las reacciones interiores, los juicios sobre él mismo y sobre otros, ansias y proyectos, errores cometidos, seguridades y esperanzas para el futuro…
En todo caso, ella y su alma ocupan la franja central del epistolario. Como la arena en el anfiteatro. Cada corresponsal tiene cita para contemplarla desde distancia proporcional al puesto, cercano o remoto, que ocupa en el tablero de la vida compartida con la Autora. Lo mismo, el lector del epistolario. Cada corresponsal le ofrece un ángulo visual diverso, frente al alma de la Madre Teresa. Para abarcar el panorama entero o rehacer la imagen integral de su alma, no bastan los datos autobiográficos del libro de su Vida, ni el balance descriptivo de las siete Moradas. Son indispensables e insuplantables las cartas: como correctivo de la imagen ya clásica de la Santa, unilateral y desenfocadamente mística; y como encuadre y reinserción de su figura humana y femenina en el realismo de lo pequeño y episódico, de lo terrestre y cotidicano.

En segundo lugar, los destinatarios. Diverso ángulo visual: colocarse en el punto de mira de la Autora, permite asistir a un policromo desfile de personas y gestos. Cada carta es un cuadro escénico. A veces demasiado denso. No menos de treinta personas, con perfil propio, en alguna carta a Gracián. Con frecuencia, una o dos docenas de evocaciones. Generalmente distribuidas en díptico: de un lado los que actualmente rodean a la Autora; del otro, los amigos y seres queridos del destinatario. Y todavía un tercer plano de amigos o adversarios, lejanos pero igualmente presentes en el ánimo.
Con todo, los primeros planos están ocupados por los destinatarios. Cada uno de ellos motiva un tono dialogal diverso y el desarrollo de una línea o una secuencia de mensajes con sentido unitario. Podemos seguirlos tal como aparecen agrupados en nuestra anterior edición de las Cartas:

Grupo primero, la familia. Ha precedido el normal fenómeno de dispersión familiar. En España ha quedado sólo la hermana menor de la Madre Teresa, Juana de Ahumada, tras la muerte de la mayor, María de Cepeda (Vida 34, 19). En el último decenio, coincidiendo con el período del carteo, la vida familiar y los hermanos refluyen en parte hacia el hogar, aunque de hecho pocos lleguen a él. Es el momento reflejado por las páginas del epistolario. Ahora el centro del grupo lo ocupa la Madre Teresa. Por ella pasan los abigarrados problemas de la familia, no sólo numerosa sino marcada con hondos traumas de precedentes disensiones y pleitos y herencias. A la pluma de la Madre se debe que ninguno de esos problemas se deshumanice: los dineros de Lorenzo, la locura de Pedro, las calumnias contra Juana y su hogar, las calaveradas de los dos sobrinos Lorenzo y Francisco, la fragilidad de Teresita, la agresividad de doña Beatriz, suegra del sobrino Francisco…, los enredos y lejanías de los hermanos que siguen en las Indias, antes preocupados por la ejecutoria de hidalguía, ahora ávidos de poder y de dinero.

Grupo segundo, las personalidades. Paso de la intimidad familiar al convencionalismo de la sociedad y la vida pública. Pero el convencionalismo queda rápidamente diluido. El general Rubeo, el Rey, el obispo don Alvaro, don Teutonio de Braganza…, sin perder altura se acercan al plano de la Autora. Con cada uno de ellos se vive y se describe una lección de vida humana y cristiana. Con Rubeo, el esfuerzo de una pobre monja por salvar el diálogo y el amor para con el superior lejano. Con el Rey, la audacia de exigir justicia sin condiciones, aunque se trate de un fraile desconocido como fray Juan de la Cruz. Con don Alvaro, un testimonio de amistad sincera, pese a todos los desniveles del caso. Con don Teutonio, amistad y dirección espiritual…

Cartas a los carmelitas descalzos: grupo tercero-cuarto. Cuadro extraño. En el fondo, se perfila neto un «liderazgo» femenino. Es una mujer quien ha puesto en marcha a ese grupo de hombres. Pero esos hombres-religiosos que ahora la escuchan, no se diría que tienen —ni todos ni por igual— conciencia del caudillaje que ella ejerce. No dudan de su persona, de su calidad humana, de su profetismo, de su alto calado espiritual. Pero se colocan cada uno en un diverso plano de comunicación. Uno de ellos comienza el carteo firmándose «su hijo querido»: «¡y cuán de presto dije —estando sola— que tenía razón! Mucho me holgué de oírlo (de leerlo)» —comenta ella (162, 11). Se trata de Gracián, y del filón más rico del carteo teresiano. — Con el segundo discute: «Harto reñimos… Mariano y yo, que tiene una presteza grande» (83, 2). Más distancia en el epistolario con los otros dos, Doria y Roca. Tema común del diálogo: sacar a flote la empresa de un nuevo carmelo.

Cartas a las carmelitas: grupo quinto-sexto. Sólo en la apariencia se trata de un duplicado de la sección anterior. María de san José, sí, se acerca al puesto ocupado por Gracián. Las cartas a las restantes carmelitas hacen una pieza original e incomparable. En ellas está presente el nuevo estilo dialogal inventado por la Madre Teresa para encarnar la vida religiosa. Cartas de cariño y cartas «terribles ». A prioras, a monjas sin más título que ser carmelitas, a novicias, postulantes, comunidades. Si acaso, una laguna: faltan las cartas de la Madre Teresa a su superiora de turno.

Grupo séptimo: los letrados. El diálogo con los «letrados» ensambla con otra dimensión del alma teresiana: su amor a la verdad, y su necesidad de comunicación con quienes la enuncian o la disciernen en la vida. De cara a ellos, la escucha no es pasiva. Ni fría. Lo demuestra ese carteo con Báñez, con Pantoja o con Pedro de Castro y Nero. En el carteo teresiano no entran con sus problemas teológicos. Sino con su persona y amistad.

Cartas a amigas y colaboradores: grupos octavo y noveno. Diálogo con quienes, a cierta distancia, compartieron su ideal religioso y su amistad.

Autógrafos y originales teresianos a lo largo de cuatro siglos

En el concepto de la Santa, la carta común y corriente es un papel volandero. Como la palabra hablada, cumplida su función comunicante, se volatiliza. Rarísima vez conserva ella las cuartillas de su corresponsal (415, 2). En varias ocasiones la sorprende el lector barajando los papeles de su escribanía o de su arquilla, para remitir acá o allá alguna carta recibida, pero rindiéndose a la evidencia: ya la ha destruido. «Nunca se me acuerda de guardar las cartas que me escriben» (120). Más que buena memoria retentiva, tiene la fortuna de una escucha atentísima: toda carta que llega a sus manos es leída con ojos ávidos y gran interés. Retiene íntegro su mensaje. Puede responderlo puntualmente sin tenerlo delante.
A ese conjunto de factores se debe que de los varios millares de cartas recibidas y respondidas por ella, sean contadísimas las que han llegado hasta nosotros: las de san Juan de Avila, san Pedro de Alcántara, san Luis Beltrán y pocas más. Ninguna de san Juan de la Cruz. Casi ninguna del padre Gracián.
Entre sus corresponsales, hubo de todo. Quién las destruyó todas de una vez, como fray Juan de la Cruz. Quién las trató con gran indiferencia y quizás las destruyó una a una, como fray Antonio de Jesús Heredia. No faltaron sin embargo quienes intuyeron su valor y las atesoraron.
En vida de la Santa los más sensibles a la calidad de esos autógrafos íntimos fueron, sin duda, el padre Jerónimo Gracián —pese a la insistencia con que la Madre le repitió la consigna de romper y quemar sus cartas— y María de san José, la priora de Sevilla. Junto a ellos, aunque a cierta distancia, hay que situar al italiano Ambrosio Mariano de san Benito. Otra carmelita, Ana de Jesús, fue sumisa a la Santa y ejecutó la orden de ésta de destruir todos sus papeles; nos lo cuenta ella misma: «hasta la última semana que vivió no cesó de escribirme, que lo hacía muy a menudo… Y por haberme tratado de muchas cosas en las cartas que me había escrito, viendo una vez algo revuelta la religión y contienda de prelados, porque aún no los teníamos de nuestros descalzos como ahora, me envió a mandar la Madre quemase todas sus cartas. Yo lo hice, y sin echarlo de ver, entre otros papeles se me quedó una de su letra, y a cabo de cinco o seis años la hallé…» (BMC 18, 472, 485).
Aún así, cuando murió la Santa y sobrevino rapidísimo su «huracán de gloria», el número de autógrafos dispersos en manos de sus corresponsales era elevado. Muchos más de los que hacen suponer las cartas que figuran en el presente epistolario. Sólo que el recuerdo de la Madre Teresa y el halo de santidad que envolvió su figura hicieron de reactivo devocional destructor. Aquellos papeles suyos pasaron a ser reliquias: materia tocada por su mano, mucho más que irradiación de su alma y su pensamiento. Lo que en la mayoría de ellas decía aquella mujer mística distaba tanto de sus séptimas moradas, eran cosas tan sencillas, tan de la vida de todos, que la reliquia de papel prevaleció sobre el mensaje. Cuando alguien pide a una de sus sobrinas más inteligentes —Beatriz de Jesús, Ovalle— algún recuerdo de la Santa, responde ella enviando lo que le queda, retazos de los escritos: una «firma de nuestra Madre Santa Teresa, con ese pañito del olio que sale de su carne… Yo le quisiera enviar carne, mas ya no la hay, y aquí se estiman más las firmas que ella; que han venido a mis manos unas cartas de la Santa que tenía una señora, mujer de un primo mío y sobrino de la Santa (Francisco de Cepeda), que he hecho harto para sacarle algunas» (BMC 7, p. lviii: carta del 18.6.1627).
Fue fatal para el epistolario teresiano aquella trasposición de las cartas-mensaje al mundillo de las devociones y las reliquias. Para obtener firmas destinadas a relicarios, se fueron tijereteando las existentes al pie de las cartas. Luego se confeccionaron a base de letras recabadas de los autógrafos epistolares. Por el mismo sistema de letras recortadas en la cantera de las cartas autógrafas se elaboraron sentencias espirituales, se reconstruyeron en pequeños billetes ciertos pasajes sensacionales de la Vida, se rehicieron uno a uno los Avisos atribuidos a la Santa, se compusieron algunas de sus Relaciones y parte de sus poemas, se rehízo con miles de letras recortadas todo o casi todo el texto de sus Excla-maciones. Incluso se confeccionaron con igual material autógrafo largas cartas espurias, malamente atribuidas a la Santa. Aún hoy existen fuera de España carmelos que conservan restos de relicarios con firma teresiana, de los que antaño poseía uno cada religiosa de la comunidad. Por otro lado existen igualmente cartas autógrafas, que tras el malhadado tratamiento de tijera han quedado como vidrieras catedralicias semidestruidas: con una larga docena de orificios, de los que se han extraído letras o sílabas para obtener la suma final de «Teresa de Jesús carmelita» o para confeccionar un breve pensamiento teresiano.
Sin ese vendaval de piedad barroca, los autógrafos epistolares de la Santa hoy serían ciertamente muchos más, aun cuando distasen de acercarse a la cifra de cartas escritas por ella.
Efecto de ese mismo vendaval de amor y devoción es la actual dispersión de los autógrafos teresianos a los largo y ancho de Europa y América. Baste esbozar el cuadro:
1. La mayor colección de autógrafos epistolares se conserva en el carmelo de Valladolid. Son restos del carteo a María de san José, la priora de Sevilla. Salvados providencialmente del naufragio cuando la destinataria aceptó seguir el curso de la propia tragedia. Son en total casi medio centenar.
2. Restos de la colección del padre Jerónimo Gracián se conservan hoy sobre todo en dos pequeñas colecciones: en los carmelos teresianos de Sevilla y del Corpus Christi de Alcalá de Henares. El resto, disperso dentro y fuera de España.
3. Otras dos colecciones, relativamente copiosas, se conservan en los carmelos de Santa Ana de Madrid y de Consuegra (Toledo).
4. Los restantes, un número elevado de autógrafos, se halla diseminado por España y por unas cuantas ciudades de Europa y América. Indicamos únicamente estas últimas: Portugal: Lisboa, Estoril y Oporto. Francia: París, Amiens, Montecarlo (?), Burdeos, Libourne. Italia: Vaticano, Roma, Venecia, Bolonia, Concessa, Florencia, Careggi, Génova, Antignano, Massalubrense, Moncalieri, Nápoles, Parma, Treviso. Bélgica: Bruselas y Lovaina. Inglaterra: Chichester y Darlington (ahora en el Museo Taresiano de Roma). Austria: Inssbruck. Polonia: Cracovia. Ciudades de América: La Habana, Sancti Spiritus (Cuba), Lima, Quito, Santiago de Chile, Méjico y Querétaro.
Como hemos observado ya, no todas las cartas teresianas fueron íntegramente autógrafas. Las dictadas a las amanuenses y firmadas por la Santa nos han llegado originales. Muchas otras, por desgracia, se nos han transmitido únicamente en trascripciones de data tardía, más o menos fidedignas.
Al lado de ese rimero de textos auténticos, se ha deslizado a lo largo de los siglos una gavilla de cartas espurias. Más o menos, como ha ocurrido a todos los grandes escritores clásicos. Merece la pena destacar algunas de ellas por la suerte que les ha cabido en las ediciones o en la difusión del epistolario.
1. Carta al doctor Alonso Velázquez, con una larga instrucción sobre la oración. Editada con todos los honores por el cronista de la Reforma teresiana (Reforma I, libro 5, c. 34, pp. 865-868, cuando aún no se había editado el epistolario). Aún en el siglo pasado fue difundida en hojas sueltas, como lección especial de la Santa para los principiantes en materia de oración.
2. Carta al carmelita descalzo Juan de Jesús Roca, consolándolo en las persecuciones de que es objeto con la llegada del nuncio Sega a Madrid. (Recuérdese que es él, Roca, quien se presenta al Nuncio para defender a la Madrre Teresa, y escucha de labios de éste la réplica: «fémina inquieta y andariega»…). Toda ella compuesta de letras recortadas de otros autógrafos teresianos. Editada y anotada por Palafox en la primera impresión del Epistolario (A. I, 27).
3. Cartas sobre Felipe II. Varias. Una dirigida al secretario del duque de Alba, Don Juan de Albornoz, contando impresionísticamente el encuentro de la Santa con el Rey en El Escorial. Otra, dirigida a Antonio de Jesús, todavía alegada con todos los honores en las recientes biografías de Felipe II (cf. L. Fernández F. de Retana, Historia de España, dirigida por Ramón Menéndez Pidal, t. XIX/2. Madrid 1958, p. 689-690).
4. Serie de pseudoautógrafos editados a principios de nuestro siglo en el Boletín de la Real Academia de la Historia por el Marqués de San Juan de Piedras Albas. Pueden verse reproducidos y criticados por el padre Silverio en la BMC 9, pp. 253-271; y 7, pp. xcvi y siguientes.

La empresa editorial: ofrecer las cartas a los lectores teresianos

Nacidas en la intimidad, las cartas teresianas no aspiraban a salir del espacio recatado y confidencial de los amigos o de los destinatarios.
Cuando fray Luis de León editó por primera vez las Obras de la Madre Teresa (Salamanca 1588), respetó ese recato. Lo respetó también el primer gran biógrafo de la Santa, el jesuita Francisco de Ribera (Salamanca 1590). Ambos se asomaron con asombro a los autógrafos, tan copiosos, del epistolario. Sólo el segundo los utilizó para su relato, pero citándolos con gran parquedad.
Por esas mismas fechas se ponía en marcha el ingente proceso de beatificación y canonización de la Santa. No era de rigor procesal por aquel entonces inventariar uno a uno los escritos del procesado. Y nadie por desgracia pensó en una recogida de los autógrafos epistolares, pese a que por sí solos hubieran aportado material informativo más copioso y calificado que todos los testigos juntos.
Así, la idea de un epistolario teresiano destinado al público hubo de abrirse paso lentamente, entre escollos y suspicacias. Pionero absoluto del proyecto fue sin duda uno de los más implicados en el carteo: Jerónimo Gracián. Amigo y admirador de la Santa, no se había lucido en la programación de la edición de sus obras mayores. En cambio, reunió cuidadosamente un gran lote de cartas. Probablemente se trataba sólo de las dirigidas a él. Formaban un cuaderno de «tres o cuatro dedos en alto». Esa medida —tres o cuatro dedos de grosor— la repite él con insistencia en sus relatos, siempre que alude a aquel cartapacio: buen índice del tesoro que obraba en su poder.
En el ánimo de Gracián se abrieron paso, a la par, dos o tres ideas contradictorias. Un posible proyecto de edición de todos aquellos papeles. El inconveniente de darlos al público en vida de tantas personas aludidas en ellos. Y el riesgo de que, no publicados, cayesen en manos aviesas interesadas en destruirlos.
Este último recelo prevaleció. Los trágicos sucesos en que rápidamente quedó envuelta la persona de Gracián —calumniado, perseguido, expulsado de la familia teresiana, cautivo en Túnez y sucesivamente desterrado de España— acreditaron realísticamente su temor. Proveyó él a tiempo. Durante su destierro, los autógrafos epistolares de la Madre Teresa quedaron en buenas manos en España. Rescatado por fin y restituido al mundo cristiano, no por eso mejoraron los tiempos.
A raíz de la edición de fray Luis y de la biografía de Ribera, ampliando los datos de ésta última, había escrito Gracián: «…para cómo me había de haber con algunas almas, me avisaba con cartas (la Madre Teresa): de las cuales guardé muchas, de que tengo un libro de tres dedos de alto, que aunque es bien se publiquen, por haber en ellas cosas particulares que es bien se guarden en secreto, tengo puesto…» El texto nos ha llegado mutilado en ese punto, y no permite enterarnos del proyecto (Scholias… p. 156).
Mucho antes, casi a raíz de la muerte de la Madre Teresa, cuando aún no se había enturbiado el horizonte de Gracián en la familia teresiana, había concebido él un proyecto ambicioso, tímidamente enunciado: juntar las cartas que la Santa había escrito a diversas personas y hacer con ellas «un libro de los más deleitosos y provechosos que hubiese». Con el esbozo de ese proyecto terminaba él, hacia 1584, sus Diálogos sobre la muerte de la Madre Teresa. Merece la pena trascribir por entero esa página:
«Si se hubiesen de juntar las cartas que la Santa Madre Teresa de Jesús escribió a diversas personas y la doctrina y avisos que en ellas da, con la mucha devoción que pone a quien lee, sería un libro de los más provechosos y deleitosos que hubiese. Gustaba harto nuestro rey Don Felipe cuando leía alguna carta suya… y otras personas que guardan sus cartas como una viva doctrina para su bien. Imitaba al glorioso Apóstol san Pablo, de quien era muy devota, en gobernar sus monasterios con cartas que de ordinario escribía a todas las prioras y a cualquier otra monja que tuviese necesidad de algún consuelo o aviso; y demás de esto a los prelados y otros particulares religiosos, para avisarlos y animarlos a las cosas de la religión; les escribía ordinariamente a todos los amigos y personas principales que hacían los negocios de la provincia.
Ella era quien con cartas los incitaba, granjeaba y tenía contentos, cumpliendo con todos con tanta cortesía, discreción, aviso y espíritu, que pocas cartas he visto en mi vida que sean más de estimar que las suyas. Escribía siempre de su mano una letra muy legible y agradable, con tanta facilidad y velocidad como se suele escribir la procesada. Y eran tantas cartas las que escribía, que muchas veces estaba hasta las doce y la una de la noche poniendo cartas y despachando correos.
Bien quisiera yo —dijo Cirilo— que se recopilasen las cartas más importantes y se hiciese de ellas un libro, porque en tiempos venideros aprovecharan harto aquellos avisos, y vemos ahora que aprovechan las cartas que escribió santa Catalina de Siena al papa Gregorio XI y al papa Urbano VI y a otras muchas personas, y las Epístolas de Constancia, hija del Príncipe Camarín y las de Baptista, princesa de Flaminia; y no menos las de la Damisela Milanesa; y aquel tratado de cartas de Genebria, hija de Leonardo, y las cartas de santa Hildegardis, y otras muchas, que no me quiero parar a contar, hicieron mucho provecho en su tiempo, y también ahora en quien las lee, y no menos por cierto hicieran fruto las cartas de la Madre Teresa de Jesús».
Eran éstas las últimas palabras del libro de Gracián, editado tres siglos más tarde por el padre Silverio (Burgos, El Monte Carmelo, 1913).
La marejada que sobrevino pocos años después de escrita esa página, hizo cambiar de pensamiento o al menos postergar indefinidamente la edición de libro tan «deleitoso y provechoso». Poco antes de alejarse definitivamente de España camino de Flandes (1607), Gracián escribe a su hermana María de san José, carmelita en Consuegra, donde ha dejado sigilosamente el depósito de los autógrafos teresianos: que las cartas de la Madre Teresa de momento «no son para que otro las lea…, mas son para que se guarden y no se quemen, que tiempo vendrá cuando sean menester» (carta del 31.3.1607: BMC 17, 396).
En el destierro, no renuncia al proyecto, pero lo deja entibiarse. En 1611, Gracián se decide a editar por primera vez los Conceptos del amor de Dios de la Madre Teresa, y al prologarlos, de nuevo aflora a su pluma el ensueño de «hacer un gran libro», «con otros muchos conceptos espirituales que tengo en cartas que me envió escritas de su mano la misma beata Madre». Con todo, en vísperas de su muerte ha renunciado definitivamente a la edición. Escribe desde Bruselas a una de sus hermanas carmelitas, Juliana de la Madre de Dios, en Sevilla:
«El (cuaderno) de las cartas de la beata Madre que me envió, está cerrado y sellado en poder de mi hermano, y por ahora no conviene que muchas que hay allí de letra de la misma Santa se lean, hasta que yo sea muerto, que quizás llegando a manos de algunos de los que no gustan de mis cosas, lo echarían al fuego» (BMC 17, 469). — Escribía esas líneas a 15 de septiembre de 1614. El 2 del mismo mes moría Gracián en Bruselas. Así, la tragedia de su vida, por culpa de «los que no gustan de sus cosas», decide la suerte del epistolario teresiano.
Aquel cuaderno «de cuatro dedos en alto» (Peregrinación de Anastasio, diálogos 10 y 11), consignado al secretario del rey, Tomás Gracián, «cerrado y sellado», se dispersará rápidamente, mucho antes de que nadie vuelva a tener la más mínima idea de editarlo. De manos de Tomás Gracián pasa momentáneamente a las de otro amigo insigne, Andrés del Mármol, ocupado en redactar la primera biografía del padre Jerónimo Gracián y de poner en marcha su proceso de beatificación. Fue ahí, en esa biografía titulada Excelencias, vida y trabajos del padre fray Gerónimo Gracián de la Madre de Dios carmelita (Valladolid 1619), donde por primera vez vieron la luz en letra de molde dos cartas de la Santa editadas con todos los honores. Son las dos cartas al rey Felipe II en favor de Gracián (86 y 208 de nuestra edición: folios 38-40 de A. del Mármol).
Para que reaflore en serio el proyecto de epistolario teresiano, hay que esperar a la segunda mitad de esa centuria. A 22 de abril de 1652, el General de los carmelitas descalzos españoles iniciaba una campaña de recogida de materiales con el siguiente decreto:
«Por cuanto será de mucha gloria de nuestra Santa Madre Teresa de Jesús y aprovechamiento espiritual de las almas el que todos puedan gozar de la celestial doctrina que muchas de sus cartas, que hoy se conservan en España, contienen, y para que puedan andar en manos de todos con facilidad, será medio muy a propósito el darlas a la estampa:
Por tanto, mando en virtud de Espíritu Santo, santa obediencia y debajo de precepto formal, a todos los religiosos y religiosas, así prelados, preladas, súbditos y súbditas, de cualquier estado y condición que sean, desta provincia del Espíritu Santo, que den cuenta al provincial de dicha provincia de las cartas que supieren hay, fuera y dentro de la religión, de nuestra gloriosa Madre santa Teresa de Jesús, y mandemos a dicho padre provincial, debajo de dicho precepto, que habiendo sabido de las cartas, encomiende a la persona que le pareciese a propósito haga sacar copias y traslados de dichas cartas, autorizados con testimonio bastante que haga fe; y dichas copias y traslados autorizados los remitirá dicho padre provincial al padre procurador general de la corte de España que fuere, para que los dirija a la persona que señalaremos. Y encargamos a dicho padre provincial, por los méritos de la santa obediencia, procure abreviar esta diligencia para que no se dilate el fruto, y remita una copia auténtica de nuestro orden a todos los conventos de religiosos y religiosas de dicha provincia, para que luego se ponga en ejecución. En fe de lo cual, mandamos dar las presentes, firmadas de nuestra mano y de nuestro secretario, y selladas con el sello de nuestro oficio. En Pastrana, a 22 de abril de 1652 años. — Fray Gerónimo de la Concepción, general. — Fray José de la Encarnación, secretario» (BMC 7, p. lxviii).
Resultado de este primer paso fue la edición príncipe del epistolario teresiano. Dos tomos, logrados después de muchos expurgos y titubeos. Se temía, en el fondo, ofrecer al público unas páginas que defraudasen por no estar a la altura de la Autora. Para esquivar ese escollo, se recurrió a una pluma de prestigio, el famoso Juan de Palafox, para que glosase y anotase uno a uno los textos teresianos.
Así, en 1658 veía la luz en dos volúmenes de 535 y 376 páginas una selección de cartas teresianas, casi sofocadas entre el follaje de innumerables notas que pretendían realzar la supuesta modestia de su contenido doctrinal. Las notas y glosas del Venerable Palafox estaban elaboradas con amor y competencia en estilo fluido y abundoso, muy del gusto barroco de su siglo. Hoy, desde la altura del nuestro, es interesante asomarse a aquella edición para ojear las piezas que entonces merecieron los honores de la publicidad.
El volumen primero se organizaba en cuatro secciones: la primera, con una carta «al Rey nuestro Señor Felipe II». La segunda, con once cartas «a prelados y personas ilustres», entre ellas, tres damas, incluyendo la famosa carta espuria a Alonso Velázquez. Tercera sección: «cartas a religiosos y maestros graves». Son 16 cartas, la primera de ella a Rubeo, cinco a Gracián…; se incluyen como cartas las dos Relaciones al P. Rodrigo Alvarez (4 y 5), y de nuevo una carta espuria, la dirigida al padre Roca (27 de la serie). Sección cuarta: «a su hermano y personas seglares». Trece cartas; seis de ellas a su hermano Lorenzo. Es la sección más lograda.
En total 41 cartas. En realidad, solas 37.
El segundo tomo prosiguió la numeración hasta 65 unidades: 24 cartas más, todas ellas dirigidas «a sus hijas las carmelitas descalzas». La mitad exacta eran cartas a la priora de Sevilla. Fuera de serie se editaba una más, incluida entre los Avisos: «para una religiosa de otra orden». Un tercio del volumen quedó reservado a 19 «avisos» dados por la Santa en vida o después de muerta.
La sorpresa de los editores hubo de ser grande ante el éxito de la edición. Antes de dos años, las cartas habían sido editadas en francés e italiano (París y Roma, 1660). Reeditadas cuatro veces en 1661: (Venecia, en italiano; Anveres, en castrellano; Bruselas, en francés; Venecia, de nuevo en italiano). En Madrid, al año siguiente, 1662. Y sucesivamente en Madrid (1663), Londres (1669), Madrid (1669), Venecia (1671) y Zaragoza (1671).
El éxito determinó la edición de un nuevo tomo (numerado como «segundo») con 108 cartas más, a los 16 años de editados los dos primeros: Bruselas 1674. Aun así, los superiores carmelitas tardaron un siglo entero en decidirse a completar en lo posible el epistolario teresiano: los tomos 3.º y 4.º aparecerán únicamente en 1771. El 3.º, con 82 cartas más; y el 4.º, con 75 y un alto número de fragmentos. Por remate, para esta edición se prescinde intencionadamente de los ingentes estudios críticos llevados a cabo por varios grandes teresianistas del siglo XVIII: padre Manuel de santa María, Andrés de la Encarnación y otros. Y se vuelve a imprimir el precedente texto, mutilado y manipulado por los primeros editores.
Así y todo, a fines del siglo XVIII quedaba lograda la publicación oficial del epistolario en cuatro grandes volúmenes, hinchados de comentarios ascéticos, con un total aproximado de 371 cartas.
Las sucesivas etapas editoriales están presididas por cuatro nombres beneméritos. En la segunda mitad del siglo XIX, don Vicente de la Fuente utilizará a fondo los trabajos críticos de los carmelitas del siglo anterior, y por primera vez publicará en castellano, en buen orden cronológico una edición prácticamente completa del carteo teresiano. Demasiado tarde: para esas fechas la suma de cartas perdidas era ingente e irrecuperable. (Escritos de santa Teresa, añadidos e ilustrados por don Vicente de la Fuente, catedrático de disciplina eclesiástica en la Universidad de Madrid. Tomo II. En la Biblioteca de Autores Españoles. Madrid 1862. 538 páginas. Según su numeración, 403 cartas, y cuatro más en los Apéndices, pp. 342-345).
A principios de nuestro siglo reanuda la tarea, con criterios y posibilidades muy superiores, el gran teresianista padre Silverio de santa Teresa. Por primera vez se intenta una edición crítica del epistolario de la Santa. No sólo se buscan uno a uno los autógrafos teresianos, sino que se intenta reunirlos en un arsenal fotográfico de gran calidad, que tendrá el mérito de salvar definitivamente no pocas páginas de la Santa, cuyo autógrafo perecería poco después en la catástrofe bélica del 1936. El padre Silverio editó el epistolario en tres volúmenes de la Biblioteca Mística Carmelitana, vii-ix: Burgos 1922-1924.
El último gran esfuerzo por ofrecer en su integridad y pureza el epistolario ha sido realizado por los padres Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink, en una novísima edición crítica publicada en la Biblioteca de Autores Cristianos: Santa Teresa, Obras completas, tomo III. Madrid 1959. 122+1.041 páginas, en las que han reunido 457 unidades, sensiblemente incrementadas en ediciones posteriores: gran avance en la fijación del texto teresiano de las Cartas y en la identificación de los personajes que desfilan por ellas.
Anteriormente a estas tres ediciones que podríamos calificar de críticas, había surgido el proyecto de reproducir en facsímil los autógrafos epistolares de la Madre Teresa. Afrontaron esta empresa dos grandes editores teresianos del siglo pasado: el ya mencionado don Vicente de la Fuente (que dirigió la edición facsímil de los autógrafos de Vida y Fundaciones), y don Francisco Herrero y Bayona, que a su vez había reproducido en facsímil el Camino de Perfección y el Modo de visitar los conventos. Ambos tuvieron que desistir, tras haber reproducido en fotolitografía varios autógrafos epistolares de la Santa.

La presente edición

El epistolario teresiano adolece de las dificultades propias de todo epistolario unilateral. Al no poseer las cartas del otro interlocutor, que van motivando reacciones, alusiones y respuestas, queda aislada la voz de un solo dialogante. Por otro lado, en el caso teresiano, cuatro siglos de distancia son un puente demasiado largo. Nos alejan desmesuradamente del escenario en que va urdiéndose el drama del carteo, con sus episodios minúsculos y sus problemas complejos. Aun el lector habituado a retener en la memoria los numerosos personajes de las novelas de Dostoievsky, sería incapaz de dominar los varios centenares de figuras que van y vienen por el mundillo de las cartas teresianas. De ahí la necesidad de flanquear el texto con una franja de aclaraciones indispensables.
La serie de piezas sigue, en lo posible, un estricto orden cronológico. Hemos desplazado al apéndice final una docena y media de fragmentos de datación y lectura difíciles.
En la fijación y modernización del texto, hemos procedido sobre la base del fijado críticamente por el padre Silverio (BMC, tomos VII-IX), teniendo presentes los adelantos considerables de ediciones posteriores y los recientes hallazgos de otros teresianistas. Hemos confrontado además el texto con los autógrafos de la Santa o con su fotocopia.
Cada carta va acompañada de una doble serie de notas. Una nota inicial en cursiva, antes del texto: ambientación de la carta. Facilita al lector los datos indispensables para afrontar la lectura de la pieza: contexto del momento, problemas presupuestos, asuntos pendientes, situación personal de la autora al escribir (salud, humor, espera…).
Al pie de página una serie de notas con numeración continua: aclaran las alusiones incidentales a otros pasajes del epistolario, o a trances de la historia teresiana; sobre todo, se proponen identificar a cada uno de los personajes mencionados.
El epígrafe o cabecera de cada carta es, obviamente, del editor, no de la autora. Se ofrecen en él los datos elementales de lugar, fecha y destinatario. No siempre igualmente seguros. De ahí la discrepancia, en la datación de algunas piezas, respecto de editores anteriores.
A éstos se refiere la línea tercera del epígrafe, para facilitar al lector el cotejo del texto con las principales ediciones del epistolario. La lectura de las siglas utilizadas en esa línea es la siguiente:
S. = edición de Silverio de santa Teresa, base de nuestro texto: BMC, tomos VII-IX, Burgos 1922-1924.
E. = edición de Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink (Madrid 1959): Obras Completas, tomo III, Madrid, B.A.C., 1959.
A. = antigua edición del epistolario teresiano, ultimada por el padre Antonio de san José y Juan de Palafox, 4 tomos, Madrid, 1771-1778.
Lf. = edición de don Vicente de la Fuente: Escritos de Santa Teresa, tomo II, Madrid, BAE, 1862.
La numeración de las cartas en serie continua indica con un asterisco (=95*) que se conserva el autógrafo o el original de la misma, al menos fragmentariamente.
La numeración interna del texto mantiene por lo general la división establecida por el padre Silverio en su edición crítica: la misma a que remiten las conocidas Concordancias de las obras de santa Teresa de fray Luis de san José, el Léxico de Santa Teresa, de Antonio Fortes (Burgos 1997) y otros utensilios de estudio teresiano.
Creemos un deber de gatitud concluir estas líneas introductorias con la mención agradecida de fray Restituto Palmero y de Aida López, por su ayuda a la presente edición: el primero con su competencia tipográfica, y la segunda por su colaboración en la trascripción del texto teresiano.

ABREVIATURAS usadas más frecuentemente en Introducciones y Notas

A. Cartas de santa Teresa de Jesús… con notas del R. P. F. Antonio de san José (Madrid 1771, 1778, 1793).
Año Teresiano: Antonio de san Joaquín, Año Teresiano… (12 tomos), Madrid 1733-1769.
BMC Biblioteca Mística Carmelitana. Colección dirigida por Silverio de Santa Teresa. Burgos 1915 ss.
Const.. Santa Teresa, Constituciones de las carmelitas descalzas.
E. Obras completas de Santa Teresa. III Epistolario. Edición preparada por Efrén de la Madre de Dios y Ottger Steggink. Madrid 1959.
Fund. Santa Teresa, Libro de las Fundaciones.
Lf. Vicente de la Fuente, Escritos de Santa Teresa, añadidos e ilustrados por… Madrid 1861-1862.
MHCT Monumenta Historica Carmeli Tersiani, ab Instituto Historico Teresiano edita. Roma 1973 ss.
Peregrinación de Anastasio: Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, Peregrinación de Anastasio. BMC tomo 17 1933.
Recreaciones: María de san José, Libro de recreaciones. Editado en «Humor y Espiritualidad». Burgos 1966.
Reforma: Francisco de Santa María, Reforma de los Descalzos de nuestra Señora del Carmen… Madrid 1644 ss.
Rel. Santa Teresa, Relaciones.
Scholias: Scholias y Addiciones al libro de la vida de la Madre Theresa de Jesús… hechas por fray Gerónimo (Gracián) de la M. de Dios. Edición de Carmelo de la Cruz en «Monte Carmelo» 68 (1960) 99-156.
Vida: Santa Teresa, Libro de su Vida.

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