Primer título: 
Manuscrito de Santa Teresa
Segundo titulo: 

Fundaciones

El Libro de las Fundaciones es la postrera obra de santa Teresa. Concluida pocos días antes de su muerte, fue escrita por etapas a lo largo del último decenio de su vida, 1573-1582.

En él reanuda la autora el relato iniciado años antes en los capítulos 32-36 de Vida, dedicados a narrar la fundación del carmelo abulense de San José. Ahora, en el nuevo libro historía las fundaciones realizadas entre los años 1567 y 1582, que corresponden a los 52-67 de su vida. Los dos libros, Vida y Fundaciones, forman un díptico narrativo algo dispar, a niveles y con destinatario diversos.

Teresa destina su nuevo escrito a lectoras y lectores carmelitas. Ellas, las lectoras carmelitas, han compartido con la Madre Fundadora caminos y carromatos, ideales y fundaciones. Ellos han terciado en la empresa, unas veces asesorando, otras fundando conventos como Duruelo, Mancera, Pastrana, Sevilla..., hasta llegar a Burgos. El libro entero es un diálogo abierto con unos y otras, pero sobre todo con estas últimas. Libro escrito, por tanto, en clave femenina, de autora a lectoras. Pero discretamente abierto a la mirada de cualquier otro lector.

Redacción de la obra

Teresa misma cuenta en el Prólogo el nacimiento del libro y su escaso tiempo de gestación: Salamanca, verano de 1573. Lo escribe –cuenta ella– por consejo del jesuita Jerónimo Ripalda, engolosinado con la lectura de las mencionadas páginas de Vida que relatan la fundación del primer Carmelo. A Ripalda “le pareció, habiendo visto este libro de la primera fundación..., que escribiese de otros siete monasterios que después acá se han fundado” (Prólogo, 2).
Dicho y hecho. Sin demora ni dilaciones escribe la historia de esos siete Carmelos ahí mismo en Salamanca, de un tirón, sin otras interrupciones que las inevitables impertinencias del tortuoso Pedro de la Banda, interesado en embrollar la venta de locales para el carmelo salmantino. También ese embrollo se referirá en el libro.
El resto de la obra lo escribe sobre la marcha, con largos intervalos, en clima y contexto diversos. Son cuatro jornadas redaccionales, a saber:

– en Salamanca, 1573, redacta los capítulos 1-9.

– en Ávila..., 1574, los capítulos 10-19.

– en Toledo, 1576, los capítulos 20-27.

– en Villanueva, Palencia, Soria y Burgos, 1580-1582,

capítulos 28-31.
En realidad, al finalizar el capítulo 27, da por terminado el escrito, convencida de haber cerrado el cupo de nuevos Carmelos. Por ese motivo, tras el epílogo y varias páginas finales en blanco, introduce en el cuaderno un apunte con “cuatro avisos a estos padres descalzos” (folio 100v), página que en nuestra edición ocupa el número 67 de las Relaciones.

Ocurre, sin embargo, que en 1580 Teresa reanuda la tarea fundadora: carmelos de Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Burgos, y proyecto siempre pendiente de una fundación en Madrid. En el carromato de viajes lleva consigo el cuaderno de historiadora y le va añadiendo capítulos. Nacen así los cuatro finales (cc. 28-31).

Todavía lleva consigo el manuscrito en el último viaje, de Burgos a Alba de Tormes y, muerta ella, el cuaderno pasa a manos de don Álvaro de Mendoza, a las de fray Luis de León, al doctor Francisco Sobrino, futuro obispo de Valladolid, y finalmente a los anaqueles de la Biblioteca del Escorial, donde sigue todavía hoy primorosamente restaurado.

Contenido del libro

El proyecto inicial de la autora asumió y a la vez desbordó la propuesta del jesuita Ripalda. Teresa se propuso ante todo “historiar”, con gran sentido de la verdad histórica, las peripecias de su andadura fundadora, distanciándose intencionadamente del empaque amanerado y moralizante de los cronicones monásticos. Para eso, impone a su pluma la norma taxativa: “Puédese tener por cierto que se dirá con toda verdad, sin ningún encarecimiento, a cuanto yo entendiere, sino conforme a lo que ha pasado” (ib 3).
Pero esa fidelidad a la verdad histórica no le impide dar al relato entonación doxológica. Lo escribe “para que nuestro Señor sea alabado”, porque según ella el Señor es un actor más, el primero y principal, en la escena y en la comitiva de fundadoras. Quizá con un tácito acercamiento al modelo doxológico de las narraciones bíblicas.
A todo eso le añadirá, con su típica libertad en el manejo de la pluma, grandes interludios doctrinales, sobre el buen gobierno de las prioras, o el necesario sentido común de las súbditas, o las enfermedades que interfieren en la vida comunitaria, o los desmesurados fervores de alguna joven incauta. O bien, se deleitará diseñando el perfil de personas ejemplares, como Rubeo, fray Juan de la Cruz, Jerónimo Gracián o el bravo italiano Ambrosio Mariano. O la biografía de monjas selectas como Casilda de Padilla y Beatriz de la Encarnación, y el retrato de mujeres extravagantes como la Princesa de Éboli metida a monja, o la Cardona, ermitaña vestida de fraile que no de monja. El relato se puebla además de toda clase de transeúntes, mercaderes, clérigos, arrieros y venteros..., y de estampas de época como el paso del Guadalquivir en carromato o el sofoco de la comitiva al ingresar en Córdoba, donde “el alboroto de la gente era como si entraran toros”.
De suerte que la narración se va desplegando sobre un ingente tablado, en el que se entrecruzan las reflexiones y consejos espirituales con las aventuras y los trámites de compraventa. Destaca, sin embargo, la serie más o menos lineal de los Carmelos que van floreciendo al paso de la fundadora. Son ellos los que vertebran el relato. Uno a uno, los siguientes:
– Medina del Campo, c. 3
– Malagón, c. 9
– Valladolid, c.10.
– Duruelo (descalzos), cc. 13-14
– Toledo, c. 15-16
– Conventos de Pastrana, 17
– Salamanca, c. 18-19
– Alba de Tormes, c. 20
– Segovia, c. 21
– Beas, c. 22
– Sevilla, c. 23-26
– Caravaca, c. 27
– Villanueva de la Jara, c. 28
– Palencia, c. 29
– Soria, c. 30
– Burgos, c. 31.

Edición de la obra

El Libro de las Fundaciones no tuvo la suerte de ser publicado por fray Luis de León en la edición príncipe de las obras de la Santa (1588). En esa fecha vivían todavía casi todas las personas mencionadas en el libro, algunas incluso en contrapunto con los elogios del relato teresiano. No pareció conveniente exponerlas a la mirada de los lectores.

La edición primera se haría ya en el siglo siguiente y fuera de la península. Fue precisamente uno de los más aludidos en la obra, el P. Jerónimo Gracián, quien creyó llegada la hora de su puesta en público. Él y otra gran colaboradora de la Santa, Ana de Jesús (Lobera), lo publicaron por primera vez en Bruselas, “en casa de Roger Velpio y Huberto Antonio impressores jurados cerca de Palacio, año de 1610”. Y lo titularon: Libro de las Fundaciones de las Hermanas Descalças Carmelitas. Título que resultaría definitivo, dado que la autora no había dado título alguno a su obra.

Más tarde, ya en el siglo XIX, el teresianista Vicente de Lafuente reprodujo en “edición autografiada” el manuscrito autógrafo del Escorial, valiéndose de los servicios del fotógrafo escurialense Antonio Selfa (Madrid 1880). Lástima que este último no siempre fuese fiel en la reproducción. Por ese motivo se ha hecho recientemente una nueva edición facsimilar del autógrafo teresiano, cuidada por la Editorial Monte Carmelo de Burgos (2003).

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Libro de las Fundaciones de Santa Teresa
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