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Carta 397

Teresa de Ávila

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30 junio 1581 (Soria)
A Dionisio Ruiz de la Peña

Dionisio Ruiz de la Peña es confesor y secretario personal del arzobispo de Toledo, Gaspar de Quiroga. Entre éste y la Santa median tres asuntos importantes: la censura del Libro de su Vida,delatado a la Inquisición y cuyo autógrafo ha pasado a manos del arzobispo cardenal; la fundación de descalzas en Madrid, pendiente de la licencia de éste; y el más espinoso de todos, la vocación al carmelo de doña Elena de Quiroga, sobrina del cardenal, viuda y madre de varios hijos menores de edad. Ya tiene una hija (Jerónima de la Encarnación) en el carmelo de Medina. Ahora presiona por entrar ella. El cardenal, mal informado, lo achaca a manejos de la Santa, y ha hecho que le lleguen indirectamente noticias contradictorias. — Ella responde a tono: con amor, pero sin ceder un palmo de terreno.

Al ilustrísimo señor licenciado Peña, confesor del ilustrísimo cardenal arzobispo de Toledo, mi señor.
1. Jesús. — La gracia del Espíritu Santo sea con vuestra merced. Un día después que había despachado un propio, con quien me escribió mi señora doña Luisa1, me dieron la de vuestra merced. Pesóme harto, porque quisiera responder luego a ella, y como no hay ordinario2 en este lugar no sé cuándo podrá ir ésta. Querría fuese presto para que vuestra merced esté enterado de la poca culpa que tengo, o, por mejor decir, ninguna; y esto es tanta verdad que, por tener respeto a ser deudo3 quien vuestra merced me escribe de su ilustrísima señoría, no le he dicho las diligencias que en este caso tengo hechas para estorbar la entrada de su merced en estas casas. Si fuera vivo el padre Baltasar Alvarez4, que era provincial de la Compañía en esa provincia, fuera buen testigo, a quien tenía suplicado se lo estorbase, por ser a quien tenía más respeto esta señora que a ninguno, y así me lo había prometido.
2. Ya ha algunos años que lo defiendo5, y esto no crea por pensar que su ilustrísima señoría no lo quería, sino por temor no nos acaeciese lo que con otra señora que entró en un monasterio de los nuestros, dejando hijas, aunque no por mi voluntad, que estaba yo lejos de aquella ciudad cuando entró6. Yo digo a vuestra merced que se han pasado diez años de inquietud (que tantos ha que entró)
Ver manuscrito
y trabajos bien grandes, y es harto gran sierva de Dios; sino que, como no se lleva el orden que la caridad obliga7, pienso que permite Dios que ellas lo paguen y las monjas también. Y de tal manera tengo dicho esto en los monasterios, que sé cierto que la priora8de Medina siente harto cada vez que piensa ha de ser. Mire vuestra merced cómo siendo esto verdad ha el demonio inventado que me levanten lo contrario.
3.Suéleme nuestro Señor hacer merced de alegrarme con los testimonios, que no han sido pocos en esta vida, y éste en forma me ha dado pena; porque, cuando no debiera otra cosa a su ilustrísima señoría sino la merced y favor que me hizo cuando ahí le besé las manos, bastaba; cuánto más que son muchas, y algunas que no piensa su ilustrísima señoría que yo las sé. Y habiendo yo ya entendido su voluntad en este negocio, si no estuviera sin juicio no consintiera ahora tal cosa. Es verdad que algunas veces, como esta señora llora tanto cuando le digo hartas cosas para estorbárselo, algunas le debo de haber dado buenas esperanzas para entretenerla, y de aquí quizá ha pensado que lo quiero, aunque particularmente no me acuerdo.
4.Yo amo mucho a su merced, cierto, y se lo debo bien; y así (dejado lo que nos toca a nosotras), por si por mis pecados sucediese lo que digo, deseo en gran manera que acierte en todo. Ayer me dijo la priora9
Ver manuscrito
de esta casa —que es del monasterio de Medina y con quien mucho comunicaba esta señora—, que la había dicho que el voto que había hecho había sido con condición de entrar cuando pudiese y que, si la dijesen era más servicio de Dios que no entrase, que lo dejaría. Paréceme a mí que, aun teniendo su merced hijos por remediar y su nuera tan niña, que aun no puede. Si a vuestra merced le parece, diga esto a su ilustrísima señoría, para que tenga entendido cómo es el voto. Algunos letrados con quien habla la inquietan, y con poco que digan a quien tiene tanta santidad, basta.
5.A venir su carta de vuestra merced antes de una que me escribió la señora doña Luisa, me diera mucha pena, en que me dice está ya su ilustrísima señoría desengañado de cuán sin culpa estoy en este caso. Bendito sea Dios que tanta merced me hace en que sin yo entenderlo se haya sabido la verdad; porque en toda mi vida yo tornara de mí, como quien tan libre estaba de esta culpa. Beso a vuestra merced las manos por el aviso que de esto me daba, que lo he tenido por muy particular merced y obligado de nuevo a servir a vuestra merced con mis pobres oraciones con más cuidado, aunque hasta ahora no he dejado de hacerlo.
6.En lo que toca a la licencia para la fundación de Madrid, yo lo he suplicado a su ilustrísima señoría por parecerme se servirá nuestro Señor y por la importunación de descalzos y descalzas, que dicen conviene mucho tener allí casa para lo que toca a todos. Mas como su ilustrísima señoría está en lugar de
Ver manuscrito
Dios, cuando no le pareciese es bien que se haga, ninguna pena me dará, que creeré es eso más servicio de Dios, como no quede por rehusar yo el trabajo; que yo digo a vuestra merced que se ofrece harto en cualquiera fundación.
7.Lo que me la daría muy grande sería pensar si no está su ilustrísima señoría muy satisfecho de lo que me han levantado, porque amo tiernamente a su señoría en el Señor. Y aunque en esto no le va nada, consuélome yo lo tenga entendido, pues tampoco le importa a nuestro Señor ser amado, y con sólo esto se contenta; porque a la verdad, si lo hay, luego se parece en las obras y en procurar no salir de su voluntad. En éstas no puedo yo servir a su ilustrísima señoría en nada más de no salir de ella en lo que yo entendiere. Esté vuestra merced seguro, y no me olvide en sus santos sacrificios, pues quedamos en esto concertados.
8.Porque de la madre priora10de ahí sabrá vuestra merced de mis caminos, no lo digo. Aquí estoy ahora con más salud que suelo, gloria a Dios. Harto me consuelo cuando sé que su ilustrísima señoría la tiene. A vuestra merced la dé Dios con la santidad que yo le suplico, amén.
De Soria, de este monasterio de la Trinidad, postrero de junio.
Indigna sierva de vuestra merced,
Teresa de Jesús.
Ver manuscrito

1. Luisa de la Cerda, dama de Toledo (cf. Vida 34), amiga del cardenal Quiroga.
2. Propio y ordinario dos tipos de correo de aquella época: propio, el mensajero contratado personalmente; ordinario, el oficial.
3. Deudo: alude a doña Elena de Quiroga, que es deudo (sobrina) del Cardenal; deseosa de hacerse carmelita en el convento de Medina, donde ya es profesa su hija.
4. Baltasar Alvarez (cf. Vida 26), había residido varios años en el colegio de Medina del Campo, donde trató y dirigió a doña Elena. Murió en Belmonte, 25.7.1580, siendo provincial de la provincia de Toledo.
5. Defiendo: impido.
6. Se refiere a «la flamenca» Ana Wasteels, viuda a los 31 años, con dos hijas. Profesó en Avila a 15.8.1571, con el nombre de Ana de San Pedro. Tras ella entró su hija Ana de los Angeles, quien después de muchas inquietudes profesará este mismo año: 28.11.1581. Cuando entró en San José la primera, se hallaba la Santa en Toledo.
7. Orden de la caridad: alude a la doctrina teológica correspondiente, que asigna el primer puesto del amor a hijos y parientes.
8. Priora de Medina: Alberta Bautista.
9. Priora de Soria: Catalina de Cristo, que desde su profesión (1573) había vivido en Medina e intimado con doña Elena de Quiroga.
10. Priora de Toledo: Ana de los Angeles.

S.372  E.367  Lf.342  A.III 42  T.361

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Santa Teresa de Jesús

Santa Teresa de Jesús nace en Ávila un 28 de marzo de 1515, siembra nuevos Carmelos por los caminos de España, vive una experiencia mística plena, que luego transmite en múltiples escritos y un nutrido epistolario. Doctrina y magisterio que avalará la Iglesia incluyéndola en el Catálogo de sus Santos y otorgándole, pro vez primera a una mujer, el título de Doctora.

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