Teresa comienza el Libro de la Vida haciendo la presentación de la familia en que nació. Perfila en dos preciosas semblanzas las figuras de su padre, don Alonso, y de su madre, doña Beatriz. Él, hombre de cultura, ‘aficionado a leer buenos libros’. Ella, mujer piadosa (1,1). Recuerda enseguida el grupo de hermanos, nueve varones y dos chicas, más ella: doce en total. (El número de nueve hermanos es el apuntado en Vida 1, 3, si bien se discute la existencia y el nombre de uno de ellos). Nos cuenta su predilección por Rodrigo, el que la precede en edad. En capítulos sucesivos, recordará el entorno familiar: a sus primos (2,2), a una prima de no muy buen talante moral (‘una parienta de livianos tratos’: 2,3), a su cuñado, Martín de Guzmán, casado con la hermana mayor, María (3,3), y a uno de sus tíos, don Pedro de Cepeda, viudo, retirado en su casona de Hortigosa y entregado a lecturas espirituales (3,4); a los criados (1,1), y a las criadas de casa (2,6). También formó parte de la familia la abuela materna, doña Teresa de las Cuevas, muerta en 1525, pero ya no mencionada por su nieta.
Tal como T lo recuerda desde la altura de los cincuenta años, el suyo fue un hogar muy por encima de la media de su época. Familia numerosa. Abierta a los libros y a la cultura. Marcada por una vida de piedad sencilla y sincera. De gran devoción a la Virgen, gracias a la iniciativa materna (V 1,1.6). Socialmente pertenecían al estamento de caballeros hidalgos de la ciudad. Pero hubieron de defender ese título con un penoso pleito, que resultó para la familia más ruinoso que provechoso. Sin duda, niña de seis a siete años que era T, percibió los afanes del pleito, pero no alude a él.
Teresa había asistido sólo parcialmente a la formación del hogar. Ya eran muchos cuando ella nació y se agregó a los cuatro o cinco hermanos que la precedieron. En cambio, asistió de cerca a la desintegración del hogar: muerte de su madre doña Beatriz, aún muy joven (de apenas 34 años); partida de todos sus hermanos a tierras lejanas, casi todos rumbo a las Indias Occidentales; casamiento de su hermana mayor, que funda hogar propio en Castellanos de la Cañada (provincia de Avila); noticia de la muerte de su hermano menor Antonio en la batalla de Iñaquitos, y de Rodrigo en las Pampas del Cono Sur, tierras del Río de la Plata. Soledad y tristeza de don Alonso. Teresa misma, tras hacer de ama de casa varios años, se aleja y entra en el monasterio de la Encarnación. Por fin, muerte de don Alonso (1543), asistido por ella (7, 15-16).
En sus 47 años de monja, Teresa nunca se desentenderá de los problemas familiares. Especialmente en los momentos más duros o frente a los asuntos más espinosos. Se hace cargo de la educación de su hermana menor, doña Juana, la lleva consigo a la celda de la Encarnación y la encamina al matrimonio. Toma parte, muy a su pesar, en el penoso pleito familiar surgido a la muerte de su padre, a causa de la herencia, primer trauma de desgarro en la unidad familiar, por enfrentar entre sí a las dos hermanas, la mayor María y la más pequeña Juana, y a las respectivas familias, de Castellanos y de Alba. En el pleito ganó la mayor, ‘aunque no bien’, escribirá T a su otro hermano Lorenzo (cta 2,7), temerosa de que se reanude el pleito en 1562, tantos años después del fallo. Más adelante, tendrá que mediar entre los dos hermanos regresados de América, Lorenzo y Pedro, para que el primero soporte la histeria y las excentricidades del segundo (cta 309,3). La preocupa seriamente el afán del hermano menor, que sigue en América, ganoso de puestos de mando (cartas 379 y 486). Ya en vísperas de su muerte, tendrá que intervenir en los enredos y calaveradas de sus sobrinos, Lorenzo (junior), que ha regresado a América y se desentiende de una hija natural que ha dejado en España; y Francisco, que es manipulado por su mujer y su suegra para apoderarse de la herencia de su hermana Teresita, aunque sea a costa de la vocación religiosa de ésta, con gran sufrimiento de la tía de ambos, que escribe: ‘No fue nada perder tan buen hermano (=Lorenzo), en comparación de los trabajos que me han dado los que quedan’ (cta 412,11). Otra sobrina, Beatriz de Ovalle, hija de la hermana menor de T, doña Juana, también se ve enredada en turbios ataques de celos y calumnias en Alba de Tormes, con vivo sentimiento de la Santa, que en esa ocasión llegará a escribir una de las frases más fuertes de su pluma: ‘me parece cordura huir, como de una fiera, de la lengua de una mujer apasionada’ (la celosa calumniadora de Beatriz: cta 409,7, del 9.10.1581).
En medio de tantas espinas emerge no sólo el amor de Teresa por los suyos, sino su celo por acercarlos más y más a Dios. Los dos casos más notorios son el de su padre, don Alonso, y el de su hermano predilecto, don Lorenzo. En el relato de la propia vida (c. 7), cuenta ella la conversión profunda de su padre. Iniciado por T en la oración, fueron tantos sus avances en ese camino, que se adelantó a la improvisada maestra. Al sobrevenir su postrera enfermedad y su muerte, lo cuenta ella con emoción mal contenida, dedicándole elogios, que preconizan sin más la santidad del anciano moribundo (7, 15-16).
Más intensa y lograda fue la dirección espiritual ejercida con la persona de su hermano, el indiano Lorenzo, a partir del reencuentro de ambos en Sevilla (1575). Lorenzo regresa de América viudo a sus 56 años, acompañado de su hermano Pedro, enfermizo éste y desarbolado de bienes de fortuna. Acompañado también de sus tres hijos, muy niños aún. Había perdido en la travesía del Atlántico a otro de ellos, Esteban, muerto en alta mar. Rápidamente queda subyugado por la personalidad de su hermana y contagiado de su espiritualidad. Teresa lo hace confidente de sus experiencias de Dios. Lo introduce en el camino de la oración. Lo asiste en la educación de sus hijos y en la administración de sus haberes. Amplio carteo entre ambos. Lorenzo sigue fascinado y fraternalmente enamorado de su hermana, hasta la muerte en 1580. De él había escrito T: ‘Lorenzo de Cepeda es el (hermano) que yo quiero. Y yo le digo (a la destinataria de la carta) que es mucho para amar. Muy buen alma tiene’ (cta 88,2).
En el epistolario de la Santa, entre las cartas a sus familiares, nos quedan las dirigidas a sus hermanos Lorenzo y Juana, al marido de ésta, Juan de Ovalle, a la hija de éstos, Beatriz de Ovalle (cta 439), al hijo de Lorenzo, Lorencico (junior) de Cepeda (cta 363,427), a sus primos, Diego de Guzmán (cta 156 y 168), María de Cepeda (cta 93) y Luis de Cepeda (cta 153 y 235) y a D.ª Beatriz de Castilla y Mendoza, suegra del sobrino Francisco de Cepeda. Incluso las cartas a las dos Carmelitas Teresa de Jesús (Teresita de Ahumada: cta 351) y María Bautista (muy numerosas).
Ascendencia familiar
Línea paterna: padres de don Alonso fueron Juan Sánchez de Toledo y D.ª Inés de Cepeda. Aquél, de Toledo; ella, oriunda de Tordesillas pero naturalizada en Toledo. Línea materna: padres de doña Beatriz fueron Juan Dávila Ahumada y Teresa de las Cuevas Ahumada, de Olmedo ambos. Las dos líneas de ancestros fueron estudiadas ya en el siglo XVI y XVII por los primeros biógrafos de la Santa. He aquí los datos reunidos por el famoso P. Jerónimo de san José (Ezquerra):
Progenitores de santa Teresa por la línea paterna. Alonso Sánchez, bisabuelo de la Santa, originario de la ciudad de Avila aunque por haber nacido en Toledo le llamaron Alonso Sánchez de Toledo o el Toledano: casó en la misma ciudad con Teresa Sánchez, deuda suya, y tuvieron un hijo, que se llamó Juan Sánchez; éste, que fue abuelo de la Santa, se casó con Inés de Cepeda, originaria de Tordesillas, de quien tuvo seis hijos, que fueron: Alonso Sánchez de Cepeda, Francisco Sánchez que también se llamó de Cepeda, Pedro Sánchez de Cepeda, Rui Sánchez de Cepeda, Lorenzo de Cepeda, y doña Elvira de Cepeda. Alonso Sánchez fue el dichosísimo Padre de la Santa… Francisco Alvarez de Cepeda fue aquel tío suyo, que, siendo ella niña, la encontró y volvió a casa de sus padres, cuando iba a padecer martirio por Cristo… Este Francisco Alvarez casó en Avila con doña María de Ahumada, hija de Diego de Tapia y nieta de Juan Dávila de Cordovilla… Pedro Sánchez de Cepeda casó en Avila con doña Catalina del Aguila, hija de Alvaro del Aguila y de Isabel de Herrera… Lorenzo de Cepeda fue eclesiástico, graduado de maestro, y así le llamaban el Maestro Lorenzo de Cepeda. Doña Elvira de Cepeda casó en Avila con Hernando Mesía…
Progenitores suyos por la línea materna. Juan Blázquez Dávila de Cordovilla, bisabuelo de la Santa, hijo de Hernán Núñez, que lo fue de Vela Núñez y de María González, que fue hija de Sancho Esteban…, casó con doña Beatriz de Ahumada… y tuvieron dos hijos: a Juan de Ahumada y a doña María de Ahumada; Juan de Ahumada casó con doña Teresa de las Cuevas, hija de Rodrigo de Oviedo y de María de las Cuevas…, vecinos de la villa de Olmedo, y tuvo tres hijos, que fueron: Juan, Antonio y Sancho Dávila y Ahumada, y tres hijas llamadas: doña Beatriz, doña María y doña Juana de Ahumada…
De suerte que, resumiendo esta genealogía y ascendencia de la Santa, digo brevemente que su padre se llamó Alonso Sánchez de Cepeda, hijo de Juan Sánchez y de Inés de Cepeda, y nieto de Alonso Sánchez y de Teresa Sánchez. Su madre se llamó doña Beatriz de Ahumada, hija de Juan de Ahumada y de Teresa de las Cuevas, y nieta de Juan Blázquez Dávila de Cordovilla y de doña Beatriz de Ahumada.’ (Historia del Carmen Descalzo, II, c.1, 4-5).
Los datos del P. Jerónimo pueden ser confrontados y corregidos con los ofrecidos por Efrén y Otger en Santa Teresa y su tiempo I (Salamanca 1982), p. 39 y ss. En torno a la figura del abuelo paterno, Juan Sánchez, remitimos a los estudios de: Teófanes Egido, El linaje judeoconverso de Santa Teresa. Pleito de Hidalguía de los Cepeda, Madrid, 1986; Id., La familia judía de Santa Teresa, en «Studia Zamorensia» 3 (1982), 449-479; J. Gómez Menor, El linaje de Santa Teresa y San Juan de la Cruz: sus parientes toledanos, Toledo, 1970.
Descendientes de la familia abulense de la Santa
Como es natural, de la Santa nos queda únicamente descendencia colateral. De sus hermanos, legaron descendencia conocida los matrimonios Lorenzo de Cepeda y D.ª María Fuentes de Espinosa, Juana de Ahumada y Juan de Ovalle, María de Cepeda y Juan de Barrientos. Mucho más variada y numerosa la descendencia por parte de sus tíos paternos y maternos. Actualmente, son numerosas las familias que se sienten vinculadas a las ramas colaterales de la Santa. Ya en el siglo pasado don Francisco Fernández de Béthencourt se ocupó varias veces de precisarlas, especialmente entre las familias nobles de españoles de su tiempo (cf F. F. de Béthencourt, en Anales de la nobleza de España: Anuario de 1882, p. 318 y ss., publicado y ampliado otras veces: cf ‘Los parientes de santa Teresa, en el ‘Boletín de la R. A. de la Historia’, 1911, pp. 216-223). Sobre la descendencia andaluza del tronco abulense, puede verse el artículo de Tomás Alvarez: ‘Los Cepeda; raíces y retoños. Un manuscrito de genealogías’ en ‘Estudios Teresianos’ I (Burgos 1993), pp. 55-63. Sobre sus descendientes en América, ver: M. M. Pólit, ‘La familia de santa Teresa en América… Estudio Histórico’ (Friburgo Br. 1908), al que habría que añadir la rama chilena, una de cuyas actuales descendientes es carmelita en el monasterio de San José de Santiago de Chile y el artículo de J. M. Miranda, en este mismo diccionario: América, familia de T en. Sobre el sobrino de la Santa, Francisco de Cepeda, y los antecedentes dolorosos de su regreso a América, puede verse documentación abundante en: Luis Vázquez, Ocho documentos de don Francisco de Cepeda, sobrino de Santa Teresa: Madrid 1580-1590, en «Estudios» 49 (1993), 39-89.
Actitudes y pensamiento de T acerca de su familia
Imposible sintetizar en tan breve espacio el pensamiento de T sobre la familia y sus posibilidades de vida espiritual. Una de sus lecturas decisivas, antes de hacerse religiosa, habían sido las Cartas de san Jerónimo (cf V 3,7), que en la versión de Juan de Molina (Valencia 1520…) tenían todo un apartado de espiritualidad familiar. De hecho, T tiene la convicción de que ‘también hay en él [en el estado del matrimonio] santos, como en otros [estados]’ (cta 386,2: a Antonio Gaytán, que ha contraído segundas nupcias). Del propio hogar piensa ‘claramente lo mucho que el Señor había puesto de su parte, desde que [ella] era muy niña, para allegarme a sí con medios harto eficaces’ (R 16,2). Aquí nos limitaremos a indicar la secuencia de situaciones y actitudes adoptadas por la Santa ante los diversos problemas de la propia familia:
a) en la familia, además de los miembros del hogar, T admira y secunda el ejemplo virtuoso de su tío don Pedro, ‘muy avisado y de grandes virtudes, viudo, a quien también andaba el Señor disponiendo para sí…’ (V 3,4; 4,7). Lo extraño es que T misma concluye el relato de la convivencia con su tío, exclamando: ‘Válgame Dios, por qué términos me andaba Su Majestad disponiendo para el estado en que se quiso servir de mí…'(V 3,4).
b) Poco después, al enfermar gravemente, ya monja en la Encarnación, T se entrega a los desvelos amorosos de su padre, que la hace llevar a Becedas y, de regreso, la acoge en su propia casa (V 5,8); pero tras el paroxismo del mes de agosto, T exige que la lleven inmediatamente al monasterio de la Encarnación, aunque ‘a la que esperaban muerta, recibieron con alma, mas el cuerpo peor que muerto’ (V 6,2).
c) En el propio monasterio, ella contribuye a resolver los problemas familiares, llevando consigo a la hermana menor, Juana de Ahumada, y preparándola para el matrimonio (no para la vida religiosa), si bien son escasos los datos que poseemos sobre el particular. (Juana se casa el año 1553).
d)Por esos mismos años, tras la muerte del padre don Alonso (1543), T tiene que soportar, dolorida, el desgarro familiar, quizás latente entre los hijos de la primera y la segunda esposa de su padre: la hermana mayor, María, no acepta el testamento paterno y lo lleva penosamente a los tribunales. Teresa sufre y comparte. La hermana mayor triunfa, si bien T no aprueba, pero tiene que restablecer la paz entre las dos hermanas (cta 2,7).
e) Poco después, ella misma utiliza los servicios de su hermana menor, doña Juana y de su marido Juan de Ovalle, para llevar adelante el proyecto de fundación de San José (V 36,3-5). Aprueba y apoya la generosidad del indiano Lorenzo de Cepeda, que envía ayuda económica con que socorrer la penuria de las dos hermanas (cta 2,7).
f) Ya fundado el convento de San José, en las páginas del Camino de Perfección, T reserva un fuerte capítulo para tratar ‘del gran bien que hay en huir (de) los deudos los que han dejado el mundo’ (c. 9). Comienza: ‘¡Oh, si entendiésemos las religiosas el daño que nos viene de tratar mucho con deudos, cómo huiríamos de ellos!’ (n. 1). Y de sí misma confiesa: ‘Yo he sido querida mucho de ellos, a lo que decían, y yo los quería tanto, que no los dejaba olvidarme. Y tengo por experiencia, en mí y en otras, que dejados padres (que por maravilla dejan de hacer por los hijos, y es razón con ellos cuando tuvieren necesidad de consuelo, si viéremos no nos hace daño a lo principal, no seamos extraños, que con desasimiento se puede hacer, y con hermanos)…’ (n. 3). Es posible que la fuerte crítica contenida en el capítulo refleje aspectos de vida religiosa malvividos por esas fechas, incluso en la Encarnación, y que ella quiere evitar en el nuevo Carmelo. Más adelante, en el c. 27 del mismo libro, volverá sobre el tema de los linajes familiares (cf el título), con fina crítica sobre usos y abusos de la época: ‘anda el mundo tal, que si el padre es más bajo del estado en que está el hijo, no se tiene por honrado en conocerle por padre’ (C 27, 5).
g)De hecho, ella jamás se desentenderá de los problemas familiares, tanto los referentes a los hermanos dispersos por tierras de América, como en la educación y problemas financieros de los hijos de Lorenzo en Avila, o en la triste suerte del enfermizo hermano Pedro en constante pendencia con su hermano Lorenzo y, muerto éste, con el hijo mayor del mismo, Francisco de Cepeda. Son altamente interesantes al respecto las misivas de la Santa a Lorenzo de Cepeda, cartas 337, 338 y 345.
h) Pero los problemas familiares se le agudizaron en el trato de los últimos años con sus sobrinos, especialmente con los hijos de Lorenzo: graves problemas con el menor de éstos, Lorencico, regresado a América tras sus calaveradas en España. La Santa no tiene dificultad en reivindicar ayuda económica para la hija natural que aquél ha dejado en Castilla (cf cta 427). Y más grave todavía la tensión con la familia política esposa y suegra del hijo mayor de Lorenzo, don Francisco de Cepeda, empeñadas en apoderarse de la herencia de aquél, a expensas de Teresita y de los legados póstumos del mismo. Tensiones que amargaron los últimos meses de vida de la Santa.
A lo largo de su vida, T tuvo la oportunidad de conocer grupos familiares de diverso talante y de los más extremos estratos sociales. En amistad unas veces. Otras, en franca polémica. Pudo confrontar bien su estado de religiosa contemplativa, con la vida de familia. Identificada con el primero. América, familia de T en.
T. Alvarez

