En la biografía y en los escritos teresianos, honra no es sólo una categoría ideológica o ética, susceptible de ascesis y tratamiento espiritual; es, además, un complejo fenómeno envolvente, cultural y social, que afecta en diverso grado a las personas y a los varios estratos de la vida familiar, eclesiástica, política y religiosa. Teresa es hija de aquella sociedad. Su biografía está sometida al impacto de ese código de la honra. Como pensadora y como escritora reaccionará contra su tiranía social. Como maestra espiritual, le negará valor humano y propondrá a sus lectoras el ideal de espíritu contra el mito y la falsa moneda de la honra.
1. Acepciones varias
En los escritos teresianos, como en el lenguaje corriente de su tiempo, desfila todo un grupo semántico de vocablos en torno a ese lexema de base. Los términos más frecuentes son: honra / deshonra / honraza / punto de honra; honroso / honrado / deshonrado / honrar / deshonrar… Es importante también honor, pero no utiliza pundonor. ‘Honrador nuestro’, es título dado al Señor (C 36, 5), en contrapunto con la burocracia barata de la honra palaciega o callejera.
Aclaremos conceptos. Honra no siempre conlleva significado peyorativo. Tiene acepción bivalente. Equivale, a veces, a honor, por ejemplo, la ‘gloria y honra’, de origen bíblico. Incluso lo pondrá en boca del Señor, en momentos solemnes: ‘como verdadera esposa, mi honra es ya tuya y la tuya mía’ (R 35; cf V. 21,1; M 6,1,4; 7,3,2, etc.). Pero las más de las veces designa el fenómeno ético social que ahora nos interesa, y que ella etiquetará frecuentemente como ‘negra honra’ o ‘negros puntos de honra’ (C 36,6.7).
Contrario a la honra era la deshonra. En su poema 2º, la Santa dirá a su Señor: ‘honra o deshonra me dad / dadme guerra o paz crecida’, en la serie de antónimos que ahí poetiza. Deshonra era la afrenta, personal o ajena (C 33,2; 12,6; 13,2…). A la mujer le caben ‘las deshonras que a su esposo le hacen’ (C 13,2), y de manera especial se la originarán las afrentas sexuales, reales o supuestas. (En el epistolario teresiano de los últimos años, es relevante el episodio de su sobrina Beatriz de Ovalle, calumniada por una mujer celosa: ‘me parece cordura huir como de una fiera de la lengua de una mujer apasionada’: cta 409,7, es interesante todo el pasaje).
Honraza, en el léxico coloquial de la Santa, es el honor que les viene a los pobres por títulos auténticos, diversos del convencionalismo burocrático (C 2,6). También en el léxico teresiano honroso/a es el que busca la honra y la cultiva (V 3,7; Mo 36). En cambio, honrado se dice de quien es objeto de honores sociales, diverso de nuestra acepción actual: ‘por maravilla hay honrado en el mundo si es pobre’; ‘tengo entendido en lo que está ser muy honrado un pobre, que es en ser verdaderamente pobre’ (C 2,5-6).
Punto de honra (‘puntillo’, escribirá también la Santa: CE 11,10) es la desmesurada valoración de una minucia como expresión del presunto honor social a que el ‘honroso’ se retiene acreedor: ‘esos negros puntos de honra’, dirá ella (C 36,6). Según ese imaginario estatuto del honor, ‘no cumple perder punto en puntos de honra’ (V 37,10).
Con relativa frecuencia recurrirá ella a adagios populares: ‘honra y dineros siempre andan juntos’ (C 2,6), ‘quien quiere honra no aborrece dineros’ (ib). Glosará a su modo el refrán ‘honra y provecho no caben en un saco’ (C 36, 3).
2. En la biografía de Teresa
Por su condición social y por educación familiar, Teresa era ‘honrosa’, es decir, si no esclava, sí amiga de la propia honra. ‘Tan honrosa escribe ella, que no me parece tornara atrás por ninguna manera, habiéndolo dicho una vez’ (V 3,7): así, cuando decide hacerse monja contra la voluntad de su padre. Pero ya de adolescente, ‘en tener (la honra) vanamente, tenía extremo’ (2,4). ‘Temía mucho (perder) la honra’ (2,7). Tan arraigado llevaba ese prurito de clase, que no parece haberlo sacrificado en sus primeros años de vida religiosa. En el monasterio de la Encarnación ella pertenecía a la clase de las ‘doñas’. Y en una velada autocrítica escribe de esos años: ‘Parece que dejamos la honra en ser religiosos… y no nos han tocado en un punto de honra, cuando no se nos acuerda la hemos ya dado a Dios’ (V 11,2). Y de sí misma: ‘íbame al hilo de la gente. ¡Oh, de qué cosas me agraviaba, que yo tengo vergüenza ahora. Y no era de las que mucho miraban en estos puntos, mas erraba en el punto principal…’ (C 36,3).
La superación de ese imaginario código de honor social será uno de los logros de su conversión, hacia los cuarenta años de edad. Influye en su cambio de nombre: ya no se llamará T de Cepeda, sino T de Jesús. A su hermano Lorenzo le escribirá poco después: ‘…una monjuela como yo, que ya tengo por honra, gloria a Dios, andar remendada’ (cta 2,1; cf V 27,15). Es ahora cuando compone su poema ‘Vuestra soy…’ y en él ‘honra o deshonra me dad’. ‘¡Perdería mil honras y mil vidas por Vos!’ (C 3,7). ‘¿Qué se me da a mí de los reyes y señores si no quiero sus rentas… ni qué se me da de sus honras, si tengo entendido en lo que está ser muy honrado un pobre…?’ (C 2,59).
En el resto de su vida, al inicial complejo de la honra le sucederá el realismo de la humildad. Ella se sentirá siempre una ‘convertida’, con historia de ‘pecadora’ ante Dios y ante sí misma. Consciente de haber recibido valores y gracias sin fin de la mano de El. Pero reteniéndose a la vez ‘pecadorcilla’ (V 34, 1; C 34,9), ‘gusanillo que así se os atreve’ (C 3,9), ‘una como yo, mujer y ruin’ (V 10,8; 18,4). Intentará liberar a su hermano Lorenzo de ese complejo de honra: ‘Vuestra merced es inclinado y aún está mostrado a mucha honra. Es menester que se mortifique en esto’ (cta 113,3, si bien antes ella misma había trabajado por enviarle al Perú una dudosa ejecutoria de hidalguía: cta 2,13). Es impresionante la identificación que ella hace de sí misma en la última línea del Castillo Interior: ‘…esta pobre miserable’ (M 7,4,16).
Aquel complejo de honra, en qué consistía. No es el caso de exponer sino únicamente de apuntar en líneas generales lo que en aquella sociedad española del siglo XVI suponía el afán de honra como factor determinante de la vida social y personal. Como aglutinante (y a la vez disolvente) de la vida social era el resultado de la estructura piramidal de la sociedad, organizada en estratos superpuestos, desde el pechero hasta el rey. Cada clase social constituía un escalón en esa graduatoria. Cada grado superior comportaba honra y dinero por encima de la clase inferior. La honra se expresaba en títulos y en gestos. Si los títulos no eran respetados, se producía la afrenta, que conllevaba deshonra. Pero la deshonra podía provenir de otras degradaciones de orden social o moral. Diversas en el hombre y en la mujer. La honra ofendida se vengaba con la espada y a veces con la vida. Aproximadamente, como aparece en la novelística y en el teatro de aquella época.
A Teresa se le planteó de forma especial el problema de la honra al instalarse en casa de doña Luisa de la Cerda en Toledo. Teresa, bien sea en su calidad de monja, bien como hidalga, era de clase inferior a D.ª Luisa. Hubo de entrenarse en el manejo de títulos y tratamientos. Y fracasó en ese aprendizaje: ‘me acaeció…: no tenía (yo) costumbre de tratar con señores e iba por cierta necesidad a tratar con una que había de llamar ‘señoría’, y es así que me lo mostraron deletreado. Yo, como soy torpe y no lo había usado, en llegando allá no lo acertaba bien; acordé decirle lo que pasaba y echarlo en risa, porque tuviese por bueno llamarla ‘merced’, y así lo hice’ (Ce 37,1). Pero a la vez constató la esclavitud de los de arriba en el culto al propio rango. ‘No dejaba de tratar con aquellas tan señoras, que muy a mi honra pudiera yo servirlas, con la libertad que si yo fuera su igual’. Pero de todo punto ‘aborrecí ser señora. ¡Dios me libre de mala compostura!’ (V. 34,3-4).
La Santa está convencida de que el propio ideario sociológico se le ha esclarecido desde que ha tenido la luminosa experiencia de la majestad y realeza de Cristo. Sólo El es ‘emperador en sí mismo’. Sólo El es ‘rey de la gloria y Señor de todos los reyes’. Su reino no es ‘armado de palillos’ como los reinos de este mundo. ‘Porque acá un rey sólo mal se conocerá por sí. Aunque él más quiera ser conocido por rey, no le creerán, que no tiene más que los otros; es menester que se vea por qué lo creer, y así es razón tenga estas autoridades postizas, porque si no las tuviese no las tendrían en nada. Porque no sale de sí el parecer poderoso. De otros le ha de venir la autoridad. ¡Oh Señor mío, oh Rey mío! ¡Quién supiera ahora representar la majestad que tenéis!…’ (V 34,6).
En aquella visión piramidal de la sociedad, el rey ocupaba el puesto cimero de la pirámide. Al desembarazarse Teresa de ese imaginario señorío, extiende su crítica a todo el escalafón de la sociedad, a usanzas y convencionalismos: ‘Está ya el mundo (la sociedad) de manera, que habían de ser más largas las vidas para deprender los puntos y novedades y maneras que hay de crianza, si han de gastar algo de ella en servir a Dios. Yo me santiguo de ver lo que pasa… Torno a decir que, cierto, yo no sabía cómo vivir…’ (V 37,9-10). ‘Yo no sé en qué ha de parar, porque aún no he yo cincuenta años, y en lo que he vivido he visto tantas mudanzas, que no sé vivir… Aun para títulos de cartas es ya menester haya cátedra..’ (V 37,10-11).
En el plano meramente personal, aquel supuesto código de honra servía de máscara para encubrir la propia realidad. Fuente de hipocresía, con inversión de la auténtica escala de valores: ‘porque… anda el mundo tal, que si el padre es más bajo del estado en que está el hijo, no se tiene (éste) por honrado en conocerle por padre’ (C 27,5).
‘Allá se avengan los del mundo con sus señoríos y con sus riquezas y con sus deleites y con sus honras y con sus manjares’, clamará ella (Conc 4,7; cf V 31,20-23).
En la formación espiritual. Ya en Vida, 20,24-28, hizo la Santa una fuerte crítica de tres categorías o tres valores mundanos que deben ser desfondados para la formación del hombre espiritual. Son, por este orden, los puntos de honra, los dineros y los placeres. Superar esa triple tiranía es absolutamente necesario para llegar a la libertad de espíritu, que ella califica de ‘señorío del alma’. ‘¡Qué señorío tiene un alma que el Señor llega aquí, que lo mire todo sin estar enredada en ello!’ ‘Fatígase del tiempo en que miró puntos de honra, y el engaño que traía de creer que era honra lo que el mundo llama honra; ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en ella. Entiende que la verdadera honra no es mentirosa, sino verdadera, teniendo en algo lo que es algo, y lo que no es nada tenerlo en nonada, pues todo es nada y menos que nada lo que se acaba y no contenta a Dios’ (V. 20,25-26).
En su condición de maestra de vida religiosa, ella en el Camino de Perfección centra la atención en liberar la vida comunitaria de las taras derivadas de aquel tipo de sociedad, aferrada al código de honor y a la jerarquía de clases y de personajes. Prolonga su lección a lo largo de todo el libro, a partir del capítulo 2º, dedicado a la pobreza. Sobre ella funda la terna: pobreza, para el desasimiento interior, en ansia de libertad de espíritu. Y esta última, para la total entrega de sí a Dios: ‘desasirse de todo, para darse del todo al todo’. Está convencida de que ‘el demonio también inventa sus honras en los monasterios’ (36,4). Convencida de que ‘deseo de ser más o puntito de honra… veo es el principal mal de los monasterios’ (7,10).
En ese contexto, reserva dos capítulos para afrontar expresamente el tema de la honra: ‘c. 12, trata de cómo ha de tener en poco la vida el verdadero amador de Dios y la honra’. Y el c. 27: ‘En que trata el gran amor que nos mostró el Señor en las primeras palabras del Paternóster, y lo mucho que importa no hacer caso ninguno del linaje las que de veras quieren ser hijas de Dios’. En ambos pasajes, no se trata de un esfuerozo de formación a nivel meramente ético y ascético. El programa que se propone al lector tiene envergadura teologal (c. 12) y cristológica (c. 27). ‘Torno a decir que está el todo o gran parte en perder cuidado de nosotros mismos y nuestro regalo; que quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos que le puede ofrecer es la vida’ y consiguientemente la honra. Como en el caso de cualquier otra virtud, la razón suprema de toda lucha contra la honra, más allá del logro de la propia libertad, es la configuración a Cristo, verdadero ‘Honrador nuestro’ (36,5).
Será ése el motivo por el cual ella, en la remodelación de la comunidad excluirá el uso de títulos. En las Constituciones de las descalzas proscribirá la aparente minucia de llamarse ‘Don’: ‘Nunca jamás la priora ni ninguna de las Hermanas pueda llamarse don’ (9,13). Excluirá de sus Constituciones toda alusión a la limpieza de sangre, como condición de admisión a la vida religiosa. Y cuando uno de los descalzos, fray Ambrosio Mariano, la colme a ella misma de títulos en el sobrescrito de las cartas, le responderá en tono mayor. Se lo insiste a Gracián (375,3), al portugués don Teutonio (227,19), a su amigo Pedro Castro (415,5), etc.
En su convento de Valladolid había ingresado una joven encantadora, de la alta nobleza castellana, Casilda de Padilla. Años después, la Santa misma que había tejido su elogio en las Fundaciones, tiene la sorpresa de que la joven profesa ha pasado a otra familia religiosa por intromisión de sus poderosos familiares que la quieren abadesa y no simple monja descalza, y que para ello han obtenido clandestinamente autorización de Roma. Era, una vez más, la presión de aquella sociedad ‘honrosa’ sobre la vida consagrada. La Santa está ya en el último año de su vida. Reacciona con tristeza. Se lo comunica al superior provincial, P. Gracián en estos términos: ‘hoy me trajeron esa carta de Valladolid, que de presto me dio sobresalto la novedad; mas luego he considerado que los juicios de Dios son grandes… No tenga pena… No debe querer Su Majestad que nos honremos con señores de la tierra, sino con pobrecitos, como eran los apóstoles… Es lo mejor que sólo en Él pongamos los ojos. Vaya Casilda con Dios’ (cta 408,1-2).
BIBL. A. A. Sicroff, Les controverses des status de pureté de sang en Espagne du XVe siècle, Paris, 1960.
T. Alvarez

