Amigo y colaborador ilustre de T. Obispo de Avila y sucesivamente de Palencia. Hijo de los condes de Ribadavia, Juan Hurtado de Mendoza y María Sarmiento. A él y a su hermana María de Mendoza (casada con el secretario regio F. de los Cobos) debe la Santa su extensa gama de relaciones sociales con la nobleza. Nombrado obispo de Avila (4.9.1560), toma posesión de la diócesis el 4.12.1560. Antes de dos años, entabla relaciones con la Santa a causa de la fundación del Carmelo de San José. Ésta se ve urgida, interior y exteriormente, a poner el nuevo Carmelo bajo la jurisdicción del Obispo: ‘para las cosas que después han sucedido, convino mucho se diese la obediencia al obispo’ (V 33,16). Una carta de fray Pedro de Alcántara al prelado, decidió a éste a aceptar (cf BMC 2, 127: texto de la carta, datada en julio de 1562; fray Pedro muere el 19.10.1562; el nuevo Carmelo se inaugura el 24 de agosto: cf. V 35,12; 36,1-2). Don Alvaro pasa decididamente del lado de Teresa y de la fundación. Ante la oposición del concejo de la ciudad, envía él en su representación a Gaspar Daza, para defender al nuevo Carmelo en la ‘junta grande’ del 30 de agosto. No sólo ayuda económicamente a la comunidad, sino que la visita con frecuencia y le regala imágenes hermosas, como el ‘Cristo del Amor’. Esa vinculación del prelado al monasterio queda ya reflejada en Camino 3,10; 5,7 (hacia 1566-1567) y en el primerizo epistolario teresiano (cta 12…).
Sigue un manojo de detalles indicativos de ese entusiasmo inicial del prelado. Con ocasión del Sínodo Compostelano de Salamanca, celebrado en esta ciudad en 1565, don Alvaro hace el elogio de la M. Teresa a otro Padre sinodal, el futuro Patriarca de Valencia, san Juan de Ribera, quien propondrá a ésta una fundación en la ciudad levantina, e insistirá hasta el último año de vida de T en que viaje a fundar un monasterio en Alcoy (Alicante), si bien ella no accede en ninguno de ambos casos por razones jurídicas. Cuando llegue a Avila el general de la Orden, Juan Bautista Rubeo, ‘el obispo [don Alvaro] tuvo por bien se le hiciese toda la cabida que a su misma persona’ (F 2,2). Nuevo exponente de su apoyo a la obra de la Santa es su interés por fundar descalzos carmelitas. Refiere ella misma: ‘Antes que se fuese [Rubeo, de Avila para Roma], el obispo… procuró que le dejase licencia para que en su obispado se hiciesen algunos monasterios para la fundación de frailes descalzos de la primera Regla…'(F 2,4); ‘el obispo tomaba este negocio [de la fundación de los descalzos] muy por suyo’ (ib). De nuevo interviene don Alvaro en los preparativos de la fundación de descalzos en Pastrana, ya en 1569 (F 17,11). Poco antes había dado también su asentimiento al primer viaje fundacional de la Santa para erigir el Carmelo de Medina (F 3,3).
Don Alvaro había sido uno de los primeros lectores del Libro de la Vida, en el autógrafo mismo (quizás ya en 1565). Una vez aprobado el libro por san Juan de Avila (1568), lo reclama de nuevo para llevarlo consigo a Madrid (1574) no sabemos con qué objeto, y la Santa accede, enviándoselo desde Segovia, vía Valladolid (!), como ella refiere en la carta 73,4. Del ejemplar original que obra en manos de don Alvaro, hace sacar un ‘traslado’ su hermana doña María de Mendoza (cta 115,7), copia que pasará más tarde a un lector insigne, el duque de Alba, recluido por orden regia en la cárcel de Uceda (1579). Pero entre tanto, el propio obispo abulense cae en el punto de mira de los inquisidores de Valladolid a causa del libro. El 1.2.1575 informan éstos al Tribunal Supremo: ‘Al Reverendísimo de Avila se le escribirá envíe el libro que tiene de Teresa de Jesús’. Desconocemos el tenor de esa intimación, que llega a manos de don Alvaro el 10 del mismo mes; pero el 27 siguiente ya él ha requisado el manuscrito y lo remite al tribunal vallisoletano, acompañado de una carta de humilde sumisión: ‘… luego puse por obra buscar el libro. He hallado ese que envío a vuestras mercedes. No ha podido ser antes…’ El 2 del mes siguiente ya está el autógrafo teresiano camino de Madrid, donde inicia su largo período de prisión inquisitorial. (Para la documentación alegada, cf el Libro de la Vida, edición facsímil Burgos 1999, tomo 2, pp. 523-526).
Nombrado en junio de 1577 obispo de Palencia, don Alvaro accede a la petición de la Santa de renunciar a su jurisdicción sobre el monasterio de San José de Avila y ponerlo bajo la obediencia de la orden del Carmen (F epíl.). La Santa se lo agradece y comenta: ‘gran servicio ha hecho a nuestro Señor, y bien a esta casa’ (cta 206.3). Era ya el mes de agosto de 1577, y rápidamente se desatan vientos de oposición frontal a la obra fundadora de T. Lejos de inhibirse ante la adversidad de su protegida, el prelado palentino escribe una carta personal al secretario de Felipe II, Mateo Vázquez (22.10.1578), defendiendo abiertamente a la Santa y a sus descalzos: ‘Yo tengo por muy buena mujer a Teresa de Jesús, por las obras que he visto se han hecho por su industria y mano…’ (MHCT 2,41), y Vázquez le indica al rey que la nota de don Alvaro ‘encarece la bondad y virtud de Teresa de Jesús, y haber dado sus obras testimonio dello’ (ib p. 40, nota).
Cuando aún no se habían calmado las cosas, el prelado quiere a toda costa un Carmelo en Palencia. Escribe la Santa: ‘Habiendo venido de la fundación de Villanueva de la Jara, mandóme el prelado ir a Valladolid a petición del obispo de Palencia, que es don Alvaro de Mendoza, que… como había dejado el obispado de Avila y pasádose a Palencia, púsole nuestro Señor en voluntad que allí hiciese otro [monasterio] de esta sagrada orden’ (F. 29,1). De hecho, a la iniciativa de don Alvaro se deben los Carmelos de Palencia (1580) y de Burgos (1582: F. 31). Y, para hacer frente a las dificultades de esta postrera fundación, acepta escribir personalmente una súplica al arzobispo de Burgos, y luego rehacer humildemente la carta, casi al dictado de la Fundadora. Prestación de servicio que, esta vez, resultó humillante a su condición de caballero: ‘me escribió, anota la Santa, que todo lo que había hecho por la orden era nada en comparación de esta carta’ (F 31,44). ‘Toma las cosas de esta orden como propias, en especial las que yo le suplico’ (F 31,2). Poco antes, con ocasión de la fundación de Palencia, había escrito la misma Santa: ‘no cesa de hacernos merced’ (cta 368,3; ‘es cosa extraña lo que nos favorece’ (cta 378,4).
El último encuentro de ambos tiene lugar poco antes de morir la Santa. Viaja ella de Burgos a Avila (luego, cambiará rumbo a Alba). Don Alvaro viaja de Palencia a Toledo para asistir al concilio de 1582-1583. Los dos cruzan viaje en Valladolid, donde aquélla ha llegado el 20 de agosto, y hace a don Alvaro portador de una carta para Ana de los Angeles, priora de Toledo, suplicando a ésta: ‘si fuere por allá [don Alvaro por el Carmelo toledano]…, todas le muestren mucha gracia…, que todo se lo debemos’ (cta 463,1: del 26.8.1582). Se lo repite en carta del 2.9, apenas un mes antes de morir: ‘que todo se lo debemos’!(cta 466,1).
Don Alvaro sigue fiel a la Santa después de fallecida ésta. Pasa de colaborador y admirador a devoto entrañable. Pronto tiene noticia del doble fenómeno de la incorrupción y del aroma de sus restos mortales. Él es uno de los primeros en promover el traslado del cuerpo de la Santa, de Alba a Avila. En abril de 1584 lo propone expresamente a la priora del Carmelo de San José de Avila, María de san Jerónimo (MHCT 6. 219), después de haber tratado el asunto con Gracián, entonces provincial de los descalzos (cf sus reiteradas cartas sobre el proyecto a la priora de San José de Avila: MHCT 6, 219-242). En septiembre de ese año 1584 viaja él mismo a Avila, y su entrada en la ciudad se convierte en una apoteosis: lo refiere Teresita, la sobrina de la Santa, en su Narración del recibimiento que hizo la ciudad de Avila a don Alvaro de Mendoza’ (ib pp. 585-587). En Avila organiza la reestructuración del presbiterio de la iglesia de San José, para dar cabida en él a dos sepulturas: en el lado de la Epístola , para los futuros restos mortales de sí mismo; y en el lado del Evangelio, para los restos mortales de la Santa. No tiene inconveniente en vender sus joyas y ‘trastes’ dice él- para llevar a cabo la obra (ib 222). Finalmente solicita el traslado de los restos mortales de la Santa, al recién electo provincial de los descalzos, Nicolás Doria, de quien obtiene el necesario decreto el 27.10.1585 (MHCT 6, 246). Las razones alegadas por don Alvaro y avaladas por Doria eran, entre otras: ‘… por ser ése el primer convento que ella fundó, y por ser priora dél al tiempo que murió, y al cual iba cuando enfermó’. Y el decreto añade: ‘y por lo mucho que a su Ilustrísima se debe y por la devoción y deseo grande que tiene de ello’ (ib p. 246).
Ejecutado el traslado, don Alvaro proyecta nuevo viaje de Palencia a Avila: ‘mi ansia de verla [a la Santa] es de manera que si me da vida no alargaré mucho el ir a gozar su vista’ (ib p. 241: carta del 18.1.1586); ‘cada día se me acrecientan los deseos de verla’ (ib 242: carta del 26.3.1586). Entre tanto, el prelado palentino había tomado el hábito de ‘hermano de la orden’ (ib p. 226 nota). Falleció poco después en Valladolid: 19.4.1586. Sus restos mortales yacen en el presbiterio de San José de Avila. Él no llegó a conocer el definitivo decreto del nuncio C. Speciano (Madrid, 1.12.1588), que restituía los restos de la Santa al Carmelo de Alba (MHCT 6, 490-492). De las numerosas cartas y billetes dirigidos a don Alvaro, sólo seis unidades nos quedan en el epistolario teresiano. Mendoza, María de.

