El amor de unas con otras es la primera de las tres consignas que propone Teresa a las lectoras del Camino. Se la expone para hacer comunidad, como primer peldaño en la pedagogía de la oración y como hito supremo en la mística del amor.
1. Cuando en 1566 escribe esas páginas, Teresa es ya maestra en la asignatura del amor. Ha hecho la travesía de dos grandes jornadas que le han conferido la madurez afectiva. Ha superado el bache de los años críticos que siguieron a su paso por la enfermería conventual, con tributo penoso a las demasías de su afectividad dispersiva. Y sucesivamente ha vivido acontecimientos decisivos. Los cuenta ella misma en el relato de Vida: con ocasión de su ingreso en la experiencia mística, el primer arrobamiento la sana de toda dispersión afectiva; la voz interior le asegura que en adelante ya no tendrá conversación con hombres sino con ángeles. Con efecto liberador: nunca más yo he podido asentar en amistad ni tener consolación ni amor particular sino a personas que entiendo le tienen a Dios(Vida 24,6). Las numerosas amistades que le sobrevendrán en adelante ya no serán dispersivas, tendrán su centro unificador en el amor a Cristo, su místico esposo. A Teresa le crece en el alma un amor arrollador, sin saber de dónde nace ni quién se lo pone: veíame morir con deseo de ver a Dios, y no sabía adónde había de buscar esta vida si no era con la muerte. Dábanme unos ímpetus grandes de amor, que culminan en la 'gracia del dardo' que le traspasa las entrañas (Vida 29,6).
Una y otra experiencia se reflejarán en la lección de amor que ahora imparte a sus monjas en el Camino. Les propondrá primero su pedagogía del amor fraterno (cc. 4-7). Y luego las adentrará en la mística del amor al Esposo Cristo (cc. 26-35).
2. Aquí todas se han de amar. Es la primera consigna. Para Teresa, la pequeña comunidad que ha congregado en San José es, ante todo, una comunidad de amor: aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar (4,7). El Carmelo es un colegio de Cristo. Ni siquiera los deudos deberán interferir en esa convergencia de amor. En el pergeño de Constituciones que Teresa elabora para el grupo, prescribe a la priora que cuide a todas con amor de madre. Y que procure ser amada para ser obedecida. Igual consigna a la maestra de postulantes y novicias: trátelas con piedad y amor.
3. A las hermanas les expondrá su doctrina del amor puro. Probablemente los teólogos han predicado a Teresa y a sus monjas la teoría clásica de los dos amores: de concupiscencia y de benevolencia. Interesado y egocéntrico el primero. Altruista y desinteresado el segundo. Pero ella prefiere una exposición más sencilla: les habla de amor sensible y amor espiritual. Se los distingue por la calidad de los objetivos. El amor sensible es sentimental, centra la mirada en valores mediocres, de mera apariencia, caducos. Es un amor efímero, expuesto a los vaivenes de la vida. Mientras que el amor puro espiritual ama a la persona por lo que ella es y por sus valores estables, capaces de fundar un amor eterno, no expuesto al oleaje de lo cotidiano. Es un amor que dignifica a las personas que lo tienen: son estas personas que Dios las llega a este estado almas generosas, almas reales, no se contentan con amar cosa tan ruin como estos cuerpos, por hermosos que sean, por muchas gracias que tengan, bien queplace a la vista y alaban al Creador, mas para detenerse en ello, no Les parecería que aman cosa sin tomo y que se ponen a querer sombra; se correrían e sí mismos y no tendrían cara, sin gran afrenta suya, para decir a Dios que le aman (6,4).
4. Teresa sabe, con todo, que la comunidad está integrada por aprendices de amor fraterno. Lo que a ella le interesa, ante todo, es que no haya en el grupo vacíos de amor. Mientras las candidatas aprendices se entrenan en la vida comunitaria y a veces flaquean en ese alto ideal del amor puro espiritual, lo que a ella le interesa es que el amor no entre en quiebra. Termina así su primera redacción a propósito de ese ideal el amor puro: quiero más que se quieran y amen tiernamente y con regalo aunque no sea tan perfecto como el amor que queda dicho, como sea en general que no que haya un punto de discordia. (CE11,11).
5. La mística del amor. Teresa está convencida de que si no es naciendo de raíz del amor de Dios, no llegaremos a tener con perfección el amor del prójimo (M 5,3,9). Por eso en el Camino su pedagogía del amor se eleva enseguida al plano místico. Intenta educar o contagiar el amor a Cristo, inculcando a las jóvenes lectoras el sentido esponsal de la propia profesión. Difícil sin eso la vida de oración. Teresa pone empeño especial en educar la mirada de amor a Cristo. Insiste en la consigna ¡Miradle! ¿Quién os quita volver los ojos del alma, aunque sea de presto si no podéis más, a este Señor? Pues podéis mirar cosas muy feas, ¿y no podréis mirar la cosa más hermosa que se puede imaginar? ... ¿Es mucho que, quitados los ojos de estas cosas exteriores, lo miréis algunas veces a Él? Mirad que no está aguardando otra cosa, como dice a la esposa, sino que le miremos (26,3).
6. Aunque ha mediado esa alusión a la esposa de los Cantares, Teresa no alegoriza. Con todo realismo hace referencia a la mujer casada: Así como dicen ha de hacer la mujer, para ser bien casada, con su marido, que si está triste, se ha de mostrar ella triste, y si alegre aunque nunca lo esté alegre esto en verdad sin fingimiento hace el Señor con vosotras, que Él se hace el sujeto, y quiere seáis vos la señora, y andar Él a vuestra voluntad (26,4). Y prosigue educando la mirada de amor a Cristo en los momentos de alegría o de tristeza o de sufrimiento. Más tarde, en las Moradas desarrollará en pleno esa imagen esponsal,siempre en sentido bivalente. En las moradas séptimas tocará techo el amor místico esponsal. En ellas repetirá por última vez la consigna del Camino: Poned los ojos en el Crucificado y se os hará todo poco (M 7,4,8).
7. La lección del Camino termina con el binomio amor y temor, recordando a las lectoras que Él amigo y esposo es a la vez el Señor de la trascendencia y que en la vida únicamente procurando andar en amor y temor de Dios, iremos seguras. Y concluye con una especie de himno, similar al canto paulino del amor: Quienes de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden. No aman sino verdades y cosa que sea digna de amar. ¿Pensáis que es posible quien muy de veras ama a Dios amar vanidades? Ni puede, ni riquezas, ni cosas del mundo Todo porque no pretenden otra cosa sino contentar al Amado (40,3).

