1. Mística o teología mística son vocablos cultos que Teresa emplea insólita y únicamente en el tratado de los grados de oración (Vida 10,1; 11,5; 12,5; 18,2). En cambio, repite innumerables veces el término experiencia. En Vida refiere su experiencia religiosa profunda: no diré cosa que no haya experimentado mucho (18,8). En Moradas la codifica sistemáticamente. Es lo que nosotros llamamos experiencia mística. De ella nos interesan tres datos: a/ qué entendemos por experiencia mística; b/ en qué consiste la vivida por ella; c/ por qué y para qué la testifica con tanta insistencia.
2. Nociones. No todos los teólogos están de acuerdo en el concepto de mística. En el caso concreto de Teresa, hay que distinguir entre vida mística y experiencia mística. Toda vida cristiana es mística, en cuanto integrada intrínsecamente por múltiples misterios de gracia: los creemos y los vivimos, pero no los experimentamos. Ocurre algo similar en nuestra vida natural: los procesos vitales más profundos el flujo de la sangre, el metabolismo celular, los procesos cerebrales los vivimos pero no los experimentamos. Sólo en virtud de una gracia especial, otorgada por Dios a algunos -a ella concretamente-, comienzan las experiencias del misterio, por ejemplo, de nuestra incorporación a Cristo, la presencia eucarística, nuestra vida trinitaria en el alma. Esas experiencias pueden ser esporádicas (recordemos los casos modernos de Morente o de Frossard), o bien pueden ser estables y continuas. Este segundo es el caso de Teresa. Las vivió continuas el último cuadrante de su vida. No se trata de éxtasis y visiones (que los tuvo, ocasionales), sino de vivir esos últimos 25 años abierta y sensible a la presencia de Dios, como si la barrera que para nosotros separa lo trascendente de lo circundante hubiera caído o se hubiera trasparentado para ella. Con alternativas de más y de menos intensidad. Pero Teresa misma podrá escribir los adverbios siempre y nunca. Siempre a mi lado Jesucristo sentíalo muy claro (Vida 27.2). Nunca, ni porprimer movimiento, tuerce la voluntad de que se haga en ella la de Dios (Rel 6,9 y passim). Alusivo el primer aserto a los 40 años de edad. El segundo, escrito el penúltimo año de su vida. Teresa ha vivido el hecho de una larga experiencia mística.
3. El hecho de su experiencia mística. Lo podemos diagramar desarrollado en tres tiempos: a/ su entrada en la presencia de Dios; b/ intensísima experiencia de la Humanidad de Cristo; c/ experiencia trinitaria en el alma.
a) El ingreso de Teresa en la experiencia de Dios fue súbito y absolutamente inesperado. Consistió en un sencillo y radical cambio de relaciones con Él. De representárselo (a Dios o a Cristo), pasa a sentirse instalada en su presencia. Activo lo primero. Sin acto ni esfuerzo personal alguno, lo segundo. Refiere ella esa novedad con toda sencillez: acaecíame en esta representación que hacía de ponerme cabe Cristo que he dicho y aun algunas veces leyendo, venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí o yo toda engolfada en Él (Vida10,1).
Poco antes había notado que esas experiencias eran simple comienzo, y que su duración era con mucha brevedad. Ocurría eso el año 1554, a sus 39 de edad. Cuando años más tarde intente seriar los fenómenos místicos que le han sobrevenido, volverá a recordar que esa fue su experiencia primera: Otra oración me acuerdo que es primero que la primera que dije, que es un presencia de Dios que no es visión de ninguna manera, sino que parece que cada y cuando una persona se quiere encomendar a Su Majestad, aunque sea vocalmente, le halla (Rel 5,25). Y esa experiencia de hallarse a sí misma 'engolfada' (externo) e 'impregnada' (interno) de la presencia de Dios se le crece misteriosamente hasta plantearla a un teólogo letrado (Vida 18, 15; M 5,1,10, Rel 54), que se la razone y aclare.
b) Pero muy pronto sobreviene, incontenible, la experiencia cristológica de Jesús resucitado: Parecíame andar siempre a mi lado Jesucristo ; estar siempre a mi lado derecho sentíalo muy claro y que era testigo de todo lo que yo hacía (Vida 27,2). Y lo reitera: de ver a Cristo, me quedó imprimida su grandísima hermosura, y la tengo hoy día [escribe en 1665, a distancia de8 o 9 años], porque para esto bastaba sola una vez ¡cuánto más tantas como el Señor me hace esta merced! (ib 37,4; cf las experiencias eucarísticas de 38,21 y 39,22).
c) Pero todavía su experiencia del misterio trascendente culminará en una espaciosa experiencia de la Trinidad y del cumplimiento de las palabras de Jesús que prometen la inhabitación trinitaria. En ello, Teresa tiene la experiencia de la propia alma. La percibe como cuando en una esponja se incorpora y embebe el agua; así me parecía mi alma que se henchía de aquella divinidad y tenía las tres Personas (Rel 18. cf Rel 45). Todavía el postrer año de su vida seguirá testificando esa misteriosa apertura de su vida a lo divino: Esta presencia tan sin poderse dudar de las tres Personas, que parece claro se experimenta lo que dice san Juan esto es casi ordinario (Rel 6,9).
4. En síntesis: la experiencia de Teresa es progresiva, continua y ondulante; le ha dilatado el espacio vital; le ha cambiado su actitud frente a los valores y antivalores éticos, sin interferir en su percepción de la realidad material: para ella, los dineros siguen siendo dineros y los pucheros pucheros; si es cocinera, sigue tan capaz de freír exquisitamente un par de huevos; si cabalga una mula desbocada, es capaz de enfrenarla sin perder el equilibrio ni la compostura; si escribe una carta, cuenta con realismo el paso del Guadalquivir o cómo modela la risa de la niña Bela, que tiene frío reir No pierde el equilibrio ni las riendas de su pluma en los altercados económicos, por ejemplo, con Pedro de la Banda o con el Arzobispo de Burgos. La altísima experiencia de la Trinidad no le desacompasa las bandejas de lo trivial y cotidiano. Al habla con Dios, conversa normal con el arriero de turno.
5. Hay, en la psicología de Teresa, múltiples matices originados por la experiencia mística. Quizá los más importantes son: ante todo, el enriquecimiento de ideas. Luego el disfrute. Simultánea y contrastante, la pena. Todo un torrente de emotividad (Teresa se espanta de nuevo siempre). Y, finalmente, la alternancia de seguridad e inseguridad. Habría que analizar esos matices uno a uno. Teresa recurre insistentemente al oxímoron: la pena sabrosa, recio martirio sabroso, sabroso tormento, muerte sabrosa, herida sabrosísima...; se lo dice a Dios: qué delicada y pulida y sabrosamente los sabéis tratar (Vida 25,7). Físicamente,tiene salud frágil. Se la fortalecen las experiencias místicas. Son éstas las que finalmente le cancelan el miedo a la muerte, a quien yo siempre temía mucho (ib 38, 5). Al contrario, ahora la espera contra reloj (ib 40,20).
6. El para qué - a/ La experiencia mística de Teresa ha sido tan fuerte que la ha obligado a pensarla y repensarla con el fin de discernirla y definirla. Necesita someterla al discernimiento de los técnicos responsables. La escribe para sí y para ellos, los teólogos. - b/ Personalmente está convencida de la intensidad y singularidad de esas sus experiencias: creo hay pocos que hayan llegado a la experiencia de tantas cosas (40,8). Las escribe expresamente para engolosinar las almas de un bien tan alto (18,8): es el objetivo mistagógico de todos sus escritos. - Y c/, por fin lo hace por misión profética, para testificar la obra de Dios en ella: como escritora mística, Teresa es la gran testigo de Dios. Sigue siendo vocera de Dios para el lector de hoy. En cierto modo, testigo irrecusable.

