1. Se conserva en el Carmelo de Sevilla desde hace cuatro siglos. Y goza de buena salud. Es un códice cartáceo, de 310 x 210 mm. Título autógrafo en la primera página: ihs / este tratado llamado castillo ynterior / escrivió teresa de jesús monja de nuestra / señora del carmen a sus hermanas y yjas / las monjas carmelitas descalças. Encuadernado en terciopelo rojo, de 210 folios numerados por la autora, más otros tres no numerados, el inicial y los dos del epílogo. Márgenes ligeramente recortados por la cuchilla del encuadernador, que más de una vez ha cercenado las anotaciones autógrafas del margen exterior. Páginas tupidas: oscilan entre 24 y 30 líneas cada una. Escritura fluida, de letras cinceladas y sueltas, abreviaturas abundantes, en líneas perfectamente paralelas, con ligera elevación al final. Muy raros espacios en blanco. Márgenes amplios, que encuadran bien la caja de escritura (26 x 16 cm). Papel de calidad, con tres diversas clases de filigrana, si bien la tinta utilizada por la Santa es tan fuerte que frecuentemente ha traspasado la página ensombreciéndola y dificultando la lectura.
2. Ella misma revisa el escrito. Antes de entregar el manuscrito al expectante P. Gracián, Teresa revisa y completa lo escrito. Es entonces cuando añade el folio inicial, con el título de la obra. Numera los folios con cifras romanas en el ángulo derecho del margen superior. Inscribe las cabeceras de cada página: a la izquierda, la abreviatura mo[ra]das; y a la derecha el número de la morada respectiva (también en cifras romanas). Busca un hueco en el texto para encajar el número de cada morada o de cada capítulo. A veces lo añade en el margen (cf f. 46r). Añade también numerosas notas marginales, siempre interesantes. Escribiría entonces en cuadernillo aparte el índice de títulos de los 27 capítulos del libro, hoy perdido. Y sobre todo decide dos correcciones importantes, a saber:
a) A la altura de las moradas séptimas, capítulo tercero, anota al margen (f. 103v): quando dice aquí 'os pide', léaseluego este papel. Y adosa un retazo de papel que contenía una quincena de líneas, hoy perdidas, pero conocidas por las copias e incorporadas al texto por fray Luis en la edición de 1588 (p. 251). Se trataba de puntualizar los requiebros o requerimientos del Señor desde lo hondo del alma en el estado de unión (7,3,10).
b) En segundo lugar, ella misma arranca el folio 97 y lo redacta de nuevo íntegramente. Era ya en las moradas séptimas, al final del capítulo primero y comienzo del segundo. Ignoramos el porqué de esa retractación y segunda redacción. Eran los pasajes en que refería la diferencia entre alma y espíritu (c. 1,11), y el acontecimiento personal de la primera vez que Dios hace al alma (de Teresa) esta merced del divino y espiritual matrimonio (c. 2,1). Quizás ese cercén y revisión del texto haya sido posterior a las intromisiones de Gracián que indicaremos a continuación.
3. El Castillo ante el tribunal de los teólogos. El autógrafo teresiano del Castillo está plagado de correcciones y notas marginales, que a su vez han sido tachadas por un segundo o tercer corrector. Ese triste percance comenzó en el verano de 1580 en Segovia, donde los teólogos Gracián y Yanguas (el que se opuso a que una mujer, aunque fuese Teresa, comentase el Cantar de los Cantares) fingieron un tribunal de ortodoxia en que cuestionaron a la Santa sobre pasajes de su libro. Lo cuenta Gracián: «Leímos este libro en su presencia el P. fray Diego de Yanguas y yo, arguyéndole yo muchas cosas de él diciendo ser malsonantes, y el P. fray Diego respondiéndome a ellas, y ella diciéndome que las quitásemos. Y así, quitamos algunas, no porque fuese mala doctrina, sino alta y dificultosa de entender para muchos...» (Escholias , p. 429).
4. No fueron tan suaves ni tan escasas las correcciones de Gracián. El autógrafo teresiano está salpicado de ellas desde el capítulo primero. A veces se trata de puras quisquillas lexicales (por ejemplo, cuando la Santa tilda de bestialidad el hecho del cristiano que 'habla a Dios como hablaría con un esclavo', Gracián borra ese vocablo, de connotaciones moralizantes, y lo sustituye con abominación). Otras veces introduce grandes tachas y anotaciones interlineares o marginales (por ejemplo, ya en el f. 9v: M 1,2,14), bien sea por razones meramente literarias, bien por escrúpulo teológico.
5. Ocurre, sin embargo, que poco después de muerta la autora, el autógrafo cae en manos de su primer biógrafo, P. Ribera, a quien esas correcciones le resultan intolerables y las va tachando una a una. Por fin vuelve sobre el folio primero y escribe una larga diatriba bajo el título de la obra: «En este libro está muchas veces borrado lo que escribió la santa Madre, y añadidas otras palabras o puestas glosas a la margen. Y ordinariamente está mal borrado, y estaba mejor primero, como se escribió. Y verase en que a la sentencia viene mejor Y porque lo he leído y mirado todo con algún cuidado, me pareció avisar a quien leyere que lea como escribió la santa Madre, que lo entendía y decía mejor Y ruego, por caridad, a quien leyere este libro que reverencie las palabras y letras hechas por aquella santa mano...» Y apostilla con esa misma nota crítica las correcciones que va tachando páginas adentro. Afortunadamente, Gracián había hecho sus tachas con extrema delicadeza, de suerte que bajo ellas quede siempre legible el original teresiano.
6. Pero el autógrafo cayó todavía en manos de un teólogo inquisidor. La Santa había enviado su escrito a la priora del Carmelo de Sevilla, María de San José, y sabedor de ello el jesuita Rodrigo Álvarez, suplica a la autora 'con harto comedimiento' poder conocer su contenido (cta 412,18), y ésta da órdenes a la priora hispalense para que, sin pasarle el libro, le lea personalmente las séptimas moradas, y dígale que en aquel punto llegó a aquella persona y con aquella paz que ahí va. El P. Rodrigo, escuchada atentamente la lectura, suplica por un momento el autógrafo, y en el reverso del último folio (110v) escribe conmovido: 'La madre Priora de este convento de Sevilla me leyó esta séptima morada Alaben todos los santos a la bondad infinita de Dios, que tanto se comunica a aquellas criaturas que de veras buscan su mayor gloria y la salvación de sus prójimos ' Era el primer testimonio del impacto producido por el libro en los lectores.
7. Editores primerizos. Son los dos implicados en el episodio anterior. Tanto Gracián como Ribera hacen personalmente sendas copias -atildadas y lujosas- del autógrafo, con miras a su inmediata publicación. Proyectos fallidos. La realizará por primera vez fray Luis de León, que afortunadamente no introdujo en el texto ninguna de las enmiendas del autógrafo. Éste encambio ha tenido la suerte de ser reproducido dos veces en facsímil. En 1882, por el carmelita (OCarm) Arzobispo de Sevilla, Cardenal Lluch, que hizo publicar una reproducción autografiada. En el siglo siguiente se hizo su reproducción fototípica con la correspondiente transcripción paleográfica por Tomás Álvarez y Antonio Mas, en Burgos 1990. De suerte que el autógrafo del Castillo, esmeradamente conservado cuatro siglos por el Carmelo de Sevilla, sigue accesible a cualquier lector, tal como brotó de la pluma de la Santa.

